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El método Kominsky: carcas al poder

¿Qué necesitas si quieres hacer una buena sitcom — con sus ribetes de drama— sobre vejetes, si ya cuentas con Chuck Lorre, el apoyo de Netflix y la producción de Warner Bros? Fichar a dos actores a los que no haya que maquillar para que parezcan más viejos de lo que ya son; y que, esencialmente, estén en ese momento de la vida en el que ya todas la baratijas te la pelan y eres de capaz de actuar con una verdad fuera del alcance del resto de los mortales. Michael Douglas (75 palos) y Alan Arkin (85 palos) fueron los agraciados. Nada más que por ellos, merece mucho la pena dedicarle tiempo a “El método Kominsky” (de momento 2 temporadas, y capítulos muy dinámicos de menos de 30 minutos). Eso sí: es absolutamente obligatorio verla en VOS, porque el doblaje que le han puesto los de Netflix es tremebundo, nefasto, horroroso… especialmente con el personaje de Arkin. ¿Que no? Pues vosotros mismos.

El punto de partida

Sandy Kominsky (Douglas) es un actor que en el pasado tuvo un éxito relativo, y que ahora se dedica a formar actores en un modesto estudio, ayudado por su hija Mindy. Divorciado tres veces, mujeriego y comenzando a transitar por el terreno de los achaques de la vejez —aunque resistiéndose en cierto modo por su carácter de bon vivant—, se encuentra en una posición cómoda respecto a cualquier aspecto de la vida. Su posesión más preciada es un Mercedes cabriolet del 69, y su bebida favorita es el Jack Daniel´s con Dr. Pepper Diet (uno para cuidarse y otro para matarse, afirma aproximadamente en el arranque de la serie).

Norman Newlander (Arkin) es mayor que Kominsky, y está prácticamente retirado de su exitosa agencia de representación de actores. Está forradísimo, está casado (todo el mundo en pie, porque es con Susan Sullivan) y tiene una hija de 45 años (Sarah Baker). Por lo demás, tiene bastante asumido que es mayor, es cascarrabias y muy desagradable cuando quiere. Su bebida favorita es Absolut con Martini.

La relación entre Sandy y Normal viene de lejos. Su amistad ha trascendido lo profesional, siempre conservando esos puntos diferenciales que hacen que en la pareja haya chispa. Por resumirlo de una forma sencilla y que no de muchas más pistas, Sandy es rock n´roll y Norman es jazz.

Y con esto, ya sabes todo lo necesario para lanzarte a ver la serie; aunque voy a anotar algunos elementos más ,que tampoco llegan ni a spoiler relativo. Puedes seguir leyendo tranquilamente.

Fortalezas de la serie

La factura técnica es impecable, empleando las claves habituales de una sitcom, y recursos narrativos extra bien dosificados. Equilibrio excelente entre risas y drama.

Dinamismo a raudales y capítulos breves, que además pasan volando.

Todas las músicas están a gran nivel. Las cortinillas jazzísticas, mis favoritas.

Elenco que personajes secundarios/estrellas invitadas que está perfectamente integrado en el motor argumental de la serie. Y más allá: es una serie sobre el mundo de la interpretación y los medios, y sobre viejos-que-hacen-de-viejos-y se-hacen-viejos.

En definitiva

¿Descubre una nueva fuente de energía esta serie? No. Utiliza una fórmula magistral que ya ha sido empleada en muchas ocasiones. Pero lo hace muy muy bien.

Esperamos que, al menos, Sandy y Norman nos deparen una temporada más. Que ya están muy mayores, los pobres, pero tienen todavía muchas cosas que enseñarnos…Sobre la vejez y sobre la vida.

Imagen: Chris Pizzelo/Associated Press ©

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El hombre en el castillo

Philip K. Dick es un señor al que el cine moderno de ciencia ficción debe muchísimo, nos pongamos como nos pongamos —esto es, nada, ocasionalmente o diariamente—, y por encima de cualquier otro tipo de consideraciones. Y digo que es un señor, porque no me he leído este libro suyo en el que se basa la serie que ha concluido recientemente en Amazon Prime, o igual sí que me lo he leído en una vida paralela pero no me acuerdo. Por lo que espero que esté vivo en algún lugar para, llegado el momento, poder preguntarle qué pensaba exactamente cuando escribió el final de su novela. Porque Dick es el presente, al igual que los grandes de la historia de la literatura, esos que conectan de algún modo magistral al ser humano con el tiempo y el espacio… ¿Qué han hecho Frank Spotnitz y sus muchachos con todo ello? Veamos…

La historia de “El hombre en el castillo” es la de una serie que parece arrancar con un presupuesto justito y con un gran soporte argumental —más allá de la obra de Dick— que se fundamenta en el repelús que provoca un mundo en el que la SGM ha sido ganada por las fuerzas del Eje, y el mundo es un ordenado lugar en el que los recios valores arios y la milenaria sabiduría japonesa aplastan, sin abusar de agobios visuales, a los yanquis y a otras gentes ya señaladas y masacradas históricamente en este nuestro universo.

En el avance de la segunda temporada —ya con pasta en cantidad para producir en condiciones, y con un buen paquete de paradojas destiladas a partir de Jung, el I Ching y el magnífico trabajo que hacen los actores que interpretan a japos—, empieza el subidón psicotrópico antes de dejarnos con el culo torcido mientras nos preguntamos “¿De verdad me gusta esta serie por otra cosa que no sea la imaginería nazi?”… Es ahí cuando uno se desengancha (vamos, cuando me desenganché yo), en el arranque de la tercera temporada, con Juliana caminando por el bosque con lo que parece un AK-47. Me rindo. Yo soy un demócrata, dejadme en paz.

A bebeeeeer, a apurar las copas de licooooor

Sin embargo, la omnipresencia del tabaco, el alcohol y los ambientes sutilmente iluminados —junto a la violencia, el sexo, la hijoputez, cacharros de época, ambientación, etc… — que se desatan progresivamente a partir de la tercera temporada, además del presupuesto (imaginamos), hacen que la serie abrace ya con más claridad el corte fantástico y onírico que el espectador está esperando de algún modo. Todo ello sin tener que recurrir a dios nada más que un rato, vía el pueblo elegido que se oculta inteligentemente en la llamada Zona Neutral de los antiguos EEUU, que es un poco como el salvaje oeste pero con algunas comonidades burguesas.

En cualquier caso, es interesante el equilibrio que hay entre las tres culturas básicas que representan los personajes principales:

  • Los japos y su sentido del deber revestido con prácticas culturales milenarias, de las artes marciales a la ceremonia del té, pasando por la Yakuza.
  • Los nazis y su iluminación desatada al sentirse los amos y señores del universo conocido. Progreso y molicie, apariencia y traición, desaparición del europeísmo fagocitado por el sueño cercano del Reich de los 1.000 años.
  • Los estadounidenses, crisol cultural en el que se va gestando la Resistencia a la doble ocupación que experimentan de costa a costa.

Los personajes que soportan la carga de la historia se van transformando paulatinamente, entre cigarros y copas, y a partir de aquí tendrán que dejar de leer si no quieren enfrentarse a spoilers propiamente dichos.

Personajes principales

En el bando de los que evolucionan y soportan la mayoría del peso de la historia, tenemos a Juliana Crain y al matrimonio Smith, que no puede entenderse por separado hasta que se separa efectivamente. Este trío evoluciona desde lugares diferentes y protagoniza el clímax de la serie.

Juliana es una chica especial desde el principio, viendo el potencial de las cintas de Hawthorne Abendsen. Se deja llevar por las emociones que va descubriendo a través de las películas prohibidas, que van alimentando sus ansias de libertad, viajar por el mundo-los mundos y no cortarse cuando tiene que luchar por su vida. Su relación estrictamente profesional con el Ministro Tagomi es la que posibilita ese crecimiento personal, basado en lo japonés, que le hace recuperar la tradicionalmente fílmica grandeza norteamericana. Sus otras relaciones más carnales, con el pagafantas Frank Frink, el nazi Joe Blake y el buscavidas Wyatt Price, suponen el acompañamiento necesario que Juliana precisa para ir desarrollando sus planes para salvar a los EEUU y, por sacrosanta extensión cultural, al resto del mundo.

John y Helen Smith representan, por su parte, la asimilación de los ideales de los vencedores por parte de los vencidos. En una lucha constante por protegerse de ese propio corsé autoimpuesto, van escalando posiciones en el escalafón nazi; lo que para su desgracia y la de su prole hace que la vida cada vez sea más complicada y haya que mancharse las manos de sangre cada dos por tres. La muerte de su primogénito, Thomas Smith, hace que la relación de pareja se vaya deteriorando y que esa ruptura se consume cuando Helen decide que se baja de tren (lo hace muerta, literalmente, al final) y John se rinda ya definitivamente en esa loca carrera personal para ser más nazi que los propios nazis, en una de las mejores escenas de la serie.

Por presencia en el metraje de la serie, también cabría considerar aquí al Inspector Takeshi Kido y al Ministro de Comercio Nobusuke Tagomi, elementos imprescindibles en todas las tramas japonesas y en la persecución/protección de Juliana Crain.

Tagomi tiene un gran peso específico en la primera mitad de la serie y en la construcción filosófica de la misma. Ese propio valor hace que tenga que ser defenestrado por su carácter esencialmente pacifista, para permitir el avance posterior del bloque en el que la BCR (Black Communist Rebellion) plantea la liberación de la Costa Oeste de los EEUU. Bastante jodido de entender el inglés tan comedido de Tagomi (todo en él es contención, chi elevado a la enésima potencia)

Por su parte, Kido es el señor terrible del Kempeitai, algo así como la Benemérita oriental. Investigador implacable, con un sentido casi ridículo del deber y unos demonios internos que jamás consiguen salirle por la boca (el nivel de la interpretación de Joel de la Fuente alcanza altas cotas, sobre todo después del atentado que sufre el edificio en el que desempeña su trabajo). Sin embargo, su historia pasa al final a un segundo plano no exento de belleza: el señor recto acaba eligiendo la vida torcida, eso sí, sin abandonar jamás un ápice su japonesidad.

Otros personajes cuquis y pintorescos

Mi favorito en esta categoría es Robert Childan, el coleccionista de arte americano que se pirra por ser japo. Es, con diferencia, el personaje más divertido de la serie, con sus modales afectados y esa cara de andar siempre rompiendo platos sin querer que se note. Sus principios son muy básicos y egoístas, pero tiene la habilidad justa para salvar siempre el pellejo y, al final, cumplir su sueño de casarse con una japonesa que le haga numeritos de geisha y sepa cuidar definitivamente de él. Afortunadamente, no tiene que vender a su madre para ello; aunque si los guionistas hubieran planteado esa posibilidad, no le hubiera temblado el pulso. Es un negociante nato.

Nicole Dörmer, el bombonazo nazi de la serie y aspirante al trono cinematográfico de Leni Riefensthal. Participa en la nazificación de Joe Blake y en alguna subtrama de carácter libidinoso, representado el savoir faire y el carpe diem de las élites alemanas. Estética, sobradez en primeros planos y una nariz maravillosa. ¿Que podían haber hecho la serie sin ella? Seguro. Pero necesitábamos glamour, alguna referencia histórica de carácter cinematográfico y un poquito de picantito. La belleza y la elegancia nunca están de más.

Hawthorne Abendsen, el hombre en el castillo (y su adorable esposa Caroline). Aparece aquí y allí como una especie de loco de la colina, para acabar en las garras del Doctor Mengele y John Smith. Personaje más importante por lo que calla que por lo que dice y por, en suma, representar el alter ego de Philip K. Dick que era en la obra original. “Vienen de todas partes”, dice al final con su vocecilla de orate. Igual alguno de esos que aparecen por el portal, como si de Encuentros en la tercera fase se tratase, es el propio Philip.

Y hay muchos más, pero mejor que los vayan viendo vivir y morir ustedes mismos, ¿no?

Momentos estelares y curiosidades

La fiesta hippie-lebensborn en Berlín. Porque los nazis se lo sabían pasar muy bien, aunque no sonaran The Doors.

Los asesinatos de John Smith (su amigo el Doctor Nomeacuerdo, el subalterno que tira desde la cornisa del edificio administrativo del Reich, Himmler, Hoover- pedazo de guiño el de este personaje-…), y en particular el suyo propio, en el que musita unas líneas demoledoras antes de volarse la cabeza reglamentariamente. Rufus Sewell es, con toda seguridad, el mejor actor en el global de la serie.

La muerte de Joe Blake a manos de Juliana Crain, fina estilista en el manejo de la cuchilla de afeitar. Ciertamente, el personaje de Blake muere previamente cuando se ve obligado a matar a su propio padre para salvar el pellejo. Juliana sólo cierra ese círculo para asegurarse de que no se lo va a encontrar en el túnel de los Poconos (tranquilos, que no hay Pokémons por ahí).

Cuando Ed McCarthy encuentra el amor en el Grand Palace de Denver. Ese vaquero te estaba esperando, muchacho. En ese mismo lugar, Harlan se ventila de manera bastante sorpresiva a los dos tarugos cazarrecompensas que amenazaban su comunidad judía.

Las chisporretas que se pilla Helen Smith cuando todavía no acepta la ausencia de su hijo Thomas. Paradójicamente, al final es el propio John Smith el que no acepta la pérdida de su hijo, después de haber podido volver a abrazarlo, viaje a través del portal de los Poconos mediante.

La única escena de sexo más explícito la protagoniza la pareja que encabeza la BCR. Los vecinos no se quejan excesivamente por su fogosidad.

El troleo que le hace Tagomi a los nazis a propósito de que son ellos, los japos, los que tienen la bomba atómica, empleando para ello una de las pelis de Abendsen.

La repelente hija menor de los Smith, encantada de ser nazi.

Cuando la prostituta (Carla) a la que Childan ha vestido de geisha se pega el piro porque se le ha gastado el tiempo, y no le sirve el té. Luego, encima, le dan la del pulpo unos machacas japos. Lo que cobra el pobre mío a lo largo de la serie, pero siempre siendo capaz de mantenerse digno en la indignidad.

Un amigo me cuenta (tengo que preguntarle por la fuente) que toda la parafernalia nazi creada para la serie se iba destruyendo sobre la marcha.

La relación entre Kido y Gina. Con la de copas a las que te invitó… Y luego vas y la dejas marchar para acabar cortándote un dedo… Honesto hasta el final.

Kotomichi. Sobre este personaje tendrían que hacer un spin-off. Sería aburridísimo, sin duda. Pero yo lo vería. ¿Que quién era? Pues Kotomichi, coño.

El porro que se fuman Childan y Ed McCarthy.

La voladura de la Estatua de la Libertad y su sustitución por una mastodóntica escultura de una pareja de jóvenes arios en actitud iluminada.

Frank Frink, después de reaparecer hecho polvo tras sobrevivir a su atentado de venganza, se ve convertido en una especie de Banksy de la época. Igualmente entrañable es su Bar-Mitzvah, donde de pura felicidad parece que no está ni caracterizado mientras lo llevan en volandas. Su muerte a manos de Kido también es un momento estelar en el que uno se acuerda, por ejemplo, de Breaking Bad.

Una serie para disfrutar. Altamente recomendable. ¡Heil Dick!

Imagen: Philip K. Dick android, Rasmus Lerdorf (2012) CCBY2.0

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Poéticas: impotencia (V)

Cómo pueden las personas simplemente dejarse arrastrar

cómo pueden hacerlo

Cómo pueden ser llevadas por la noche entre las ramas peladas

y las telarañas de los sueños que jamás se cumplirán

Y cómo pueden dar la espalda a lo que no entienden

sin sentir siquiera un fugaz deseo por querer saber

hacia dónde nos lleva el tiempo

a base de repetir los estribillos

que manan de los pechos de las pantallas

 y las historias mil veces quemadas en los bolsillos

alrededor de las hogueras de la adolescencia 

y las tiranías y venganzas que suceden

a la certeza de la muerte

Cómo pueden

cómo pueden

no salir simplemente a arrastrar a los otros

por todos esos caminos desconocidos que

no significan nada

Cómo pueden

Imagen: Dark Path_Colin Poellot (2019) CCBYSA2.0

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Aprendizaje basado en fracasos: piedrecitas en el camino (III)

Uno de los matices más desesperantes que presenta el fracaso es aquel que permite que las personas se reordenen alrededor de él para, posteriormente, acabar configurando una nueva escala de poder que hace que los que fracasan un poco menos puedan vivir a costa de los que ya han convertido la hecatombe en su leitmotiv. Esta circunstancia representa paradójicamente un tipo de aprendizaje interesado que se basa en la aceptación por una parte de los participantes de que la situación sobre la que tratan de operar es absolutamente insoluble, pero admite un margen de cómoda acción que les permite la supervivencia con mayor o menor holgura. Siempre y cuando, lógicamente, haya alguien a quien escamotear con una mano y apaciguar con la otra. ¿Es una cabronada? Sí. Pero es aprendizaje. Concretamente, aprendizaje para toda la vida. Y ya se sabe que la medida de la vida la pone uno mismo.

De este modo, debemos de ser inflexibles en lo que se refiere al fracaso: tenemos que aprender de él, so pena de quedar a merced de cualquier mediocre que se aficione a tomarnos el pulso empleando para ello la suela de sus botas militares. Sobre todo, tenemos que aprender del fracaso para poder estar en condiciones de cooperar para ayudar a salir del fracaso a otras personas; entenderlas para hacer que se entiendan, apoyarlas y trasladar la buena nueva que supone la consideración del fracaso como una de las partes más comunes actualmente en los procesos vitales y de aprendizaje. En un mundo como el nuestro, tan poco dado actualmente al disfrute del paso del tiempo, la adecuada maduración de procesos y subyugados como estamos por la dictadura de la inmediatez, el fracaso se multiplica, acelera y enquista en todas partes. Y en la escuela lo hace de una manera especialmente sangrante, porque sienta las bases para que la vida de muchas personas tenga altas probabilidades de quedarse anclada en el gris durante mucho tiempo y más allá.

Fracaso y desigualdad

En las primeras páginas del libro de Perrenoud “La construcción del éxito y del fracaso escolar” (1995), se habla de las desigualdades escolares señalando sus dos vertientes:

“Son desigualdades reales en lo que respecta al saber y al saber hacer que se valoran en la escuela, pero no tendrían la misma importancia simbólica ni las mismas consecuencias prácticas si la evaluación escolar no las tradujera en jerarquías explícitas.”

A continuación, el autor sigue hablando de jerarquías, poniendo el dedo en la llaga:

“La razón por la cual estas jerarquías muestran u ocultan, amplían o reducen las desigualdades reales depende, en gran medida, de los procedimientos de fabricación empleados, de la estructura del currículum, de la esencia del trabajo escolar, de las modalidades de evaluación, del momento en que intervienen a lo largo del año o del ciclo escolar. El análisis de la fabricación de las jerarquías de excelencia formales o informales, no consiste solo en poner en evidencia la construcción de una representación de las desigualdades, sino también en describir y explicar la parte de arbitrariedad que caracteriza esa construcción”.

Por tanto, hablar de fracaso es hablar también de excelencia, de lo que entendemos y perseguimos en cuanto a finalidades escolares y, por fuerza, es hablar de qué parte de responsabilidad tenemos como docentes y escuelas en la perpetuación de las desigualdades y en el estancamiento de las cifras que representan la parte numérica del fracaso escolar. Porque entre los factores que destaca Perrenoud en la cita anterior, el profesorado tiene una influencia directa en la reproducción de modelos de fabricación, en la esencia que se respira en su clase, en la forma en la que se trabaja en el aula y en la manera de evaluar. ¿Y cómo ayudamos involuntariamente a mantener encendida la llama del fracaso en cada uno de estos apartados?

Alumnado en prácticas

Es cierto que el profesorado no participa en los procesos de fabricación de los empleados públicos del sector educativo, y que generalmente tampoco lo hace en la estructuración y el diseño curricular que se precipita sobre nosotros desde el vértice alto de la pirámide. Pero también lo es que tiene una gran oportunidad de intervenir como algo más que un mero de-mentor que se asegura de que los jóvenes universitarios en prácticas docentes sean convenientemente fagocitados por las líneas maestras de un sistema educativo consagrado involuntariamente (o no) a la reproducción del fracaso. Todos esos años que generalmente tarda un docente en desarrollar una metodología con sentido y adecuación al contexto escolar son años perdidos para un buen montón de alumnos que siempre se encuentran sufriendo la implementación de “el cambio metodológico”, que es como Godot. Mientras tanto, reproducimos modelos pasivos, alargamos la sombra de la tarima y, por supuesto, alimentamos esa sensación del “esto es lo que hay” entre las nuevas generaciones de docentes.

Efluvios antipedagógicos

Todos tenemos claras las finalidades de la educación y los propósitos que formulamos como esencias del trabajo escolar en los documentos oficiales del centro. Podemos consultarlos y reconocerlos, entendiendo el camino que recorren desde el texto de la normativa hasta el tochito que compartimos con Inspección como si fuera ese capitulito que nuestro equipo docente tiene bien a aportar a la magna obra de la legislación educativa. Como escribe Jurjo Torres Santomé —entre las páginas 141 y 172—, en su capítulo en “Educar en competencias, ¿qué hay de nuevo? “(2016):

Ahora bien, ¿nos los creemos? ¿Los asumimos a la hora de trabajar en la escuela, desde la base, desde la misma actitud y manera de comunicarnos y relacionarnos con el alumnado? ¿O cuando estamos rodeados de fracaso nos sumamos al desánimo, conectamos el piloto automático y nos agarramos a los elementos más funcionariales de nuestro trabajo, como si quisiéramos asegurarnos en que, pese a la debacle, seguimos siendo unos profesionales?

El peligro para el maestro quemado es que a veces, de manera involuntaria, puede entrar en el territorio de lo antipedagógico. Todo lo que ve a su alrededor se percibe como negativo, todo se convierte en enemigo, todo se transforma en un muro insuperable y cuya visión repetida… ¿Les suena? Es esencialmente la percepción del fracaso de la que venimos hablando…Y, ¿quién puede plantearse ayudarnos a recuperar la visión amplia y la comprensión suficiente para reconocer cómo y por qué hemos llegado a esta situación? Probablemente un equipo directivo que no esté quemado y que crea en el proyecto que hay que desarrollar en cada lugar. Además de sumar, reconocer, acompañar, perseverar, dialogar, construir, ajustar, replantear, adecuar, etc… que parecen verbos con un carácter más pedagógico para desarrollar diariamente. No basta sólo con la finalidad. No basta sólo con la idea. Hay que vivirla y hacerla vivir a diario.

Una ceguera extendida: el mantenimiento de lo que no funciona

No lo queremos ver. Cuando constantemente estamos echando la culpa a los demás sobre el mal funcionamiento de la escuela, estamos obviando nuestras mayores o menores responsabilidades en el mantenimiento de lo que no funciona. Por ejemplo, en una escuela con malos resultados escolares, problemas de convivencia, desarraigo, etc… no podemos abrir horizonte para ir gestando un cambio si nos mantenemos a todos los efectos en los roles y formas de comunicarnos y relacionarnos que aceptamos tradicionalmente porque “es como a mi me enseñaron” o “es lo que funcionaba hace veinte años”… Y, sin embargo, no basta con agarrar la palabra pedagógica pomposa de moda — como anota Jurjo Torres —, y rellenar planificaciones y discursos con ella. No se puede apostar por el aprendizaje dialógico si no se dialoga. No se puede apostar por la horizontalidad sin transparencia. No se pueden mejorar los resultados escolares si no se aborda con seriedad y rigor un diagnóstico de fallas y se trabaja metódicamente (con registros y evidencias) para poder testar en todo momento la idoneidad de las propuestas con las que pretendemos empezar a comprender y superar nuesta depresión pedagógica. Paradójicamente, el realismo en lugar de hacer que veamos mejor, nos ciega en muchas ocasiones. Y no podremos con todo, pero sí con el principio de todo, que está dentro de cada uno de nosotros.

Evaluación

Finalmente, y volviendo con la idea inicial de Perrenoud, la evaluación es el proceso por el cual — entre otras muchas cosas — determinamos la línea que consideramos que separa el fracaso del éxito escolar; de manera que se convierte en uno de los acontecimientos capitales para la valoración y rediseño de los procesos formativos, y de toda otra interacción o producto humano que se produce en el seno de las instituciones educativas. Habla Zulma Perassi en “¿Es la evaluación la causa del fracaso escolar” (2009), del divorcio que se produce entre el aprendizaje y la evaluación:

Entonces las preguntas que deberíamos hacernos podrían ser:

¿En qué está fracasando de verdad el alumnado de acuerdo con la forma en la que estamos evaluando? Porque si está fracasando sobre un planteamiento obsoleto, igual estamos haciendo que pague un alto precio emocional y social sobre un pastiche al que no merece la pena dedicar tanta energía y desvelos.

¿Esto que estamos considerando como fracaso escolar tiene un paralelismo y una traslación clara a la vida real? Y si así fuera, ¿cómo estamos contribuyendo desde la institución escolar al mantenimiento de este estado de cosas?

Parece oportuno moverse en esa línea, que es similar a la que forma la luz al abrir los ojos por la mañana, obrando el milagro cotidiano de que recuperemos la vista tras las horas de oscuridad del sueño. Quien tiene luz, tiene camino. A la ceguera, luz. Y después, camino. Cuántas veces creo que se nos olvida eso en la escuela.

Imagen: Leaves and stones (Dominio público)

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Aprendizaje basado en fracasos: en el agujero (II)

Seguramente el fracaso puede considerarse dentro de la serie de conceptos y estados que, por defecto, cualquier ser humano se siente capacitado para reconocer en sí mismo y en otros. Etimológicamente, fracasar hace referencia a la destrucción de algo que estaba desarrollándose (accidente, ruptura, quiebra…), y por otra parte tiene una consideración cultural distinta según la parte del mundo en la que nos encontremos; aunque cuando fracasamos por primera vez o nos instalamos en el fracaso, -o cuando por fin salimos de las profundidades de su costa quebrada-, venimos de experimentar sensaciones y emociones similares, y hemos tenido que desarrollar un adecuado proceso de afrontamiento y reflexión para poder rehacernos.

Cuando se da el caso de que nuestros ojos no ven, puede ser necesario que los ojos de alguien puedan hacernos recuperar la vista. Pero incluso después de volver a recuperar la claridad e identificar con precisión qué es lo que nos ha sucedido (ojo, mientras no salgamos de la isla seguimos siendo náufragos pese a la lucidez recuperada), es más valioso concentrarse en la comprensión de la secuencia y sus causas que la simple búsqueda de la recuperación del equilibrio. De ahí la conocida retahíla del derrumbado que no se ve a sí mismo entre el polvo de los escombros: “estoy bien, estoy bien”, ilusión que, repetida sistemáticamente, le aparta tanto de las causas como de las probables soluciones de reconstrucción. Y, como os podréis imaginar, en la escuela todo esto se complica considerablemente.

El camino del exceso

Decía Carina Rattero en su pieza “El fracaso de la escuela en su “para todos”, incluido en el libro “El fracaso escolar en cuestión” (2002) que […] quizás el mayor problema del fracaso escolar es el modo en que la escuela lo define. Sería algo así como afirmar: “por más respuestas que busquemos, no podemos responder, porque ni siquiera hemos podido plantearnos el problema”.¿No hay en la escuela un exceso que no puede producir sino fracaso? […]”

La definición del fracaso escolar emana de un modo u otro de la evaluación, independientemente del lado del triángulo educativo en el que nos encontremos. Por ejemplo, para el profesorado el alumnado fracasa porque no alcanza los objetivos mínimos, porque no se dedica lo suficiente, porque no tiene método, porque no conecta los contenidos…. Para las familias, sus hijos fracasan bien por deméritos propios o por los de sus maestros (o por los de ambos), porque en la familia no hay tiempo ni oportunidad para supervisar y acompañar….. Finalmente, el alumnado siente que fracasa porque defrauda las expectativas de su familia y sus maestros, porque no le interesa perseverar en lo que la escuela le ofrece, porque no se siente capacitado… Cada colectivo evalúa sus productos y resultados en función de sus criterios (los propios, y los escolar y socialmente impuestos). En esta saturación, parece ser que extraviamos las cuestiones esenciales: las causas, las percepciones, sentimientos interpersonales y la decisiva asunción de caminos y formas de hacer que nos satisfagan a todos. En consecuencia, no parece que resolver ninguno de los fracasos triangulares por separado vaya a llevarnos a ninguna parte en el global, pero sí creemos que un comienzo (por algún lado habrá que empezar) podría ser la recuperación emocional personal y colectiva de familias, profesorado y alumnado, como paso previo e ineludible para poder “hacer” juntos. Y para poder llegar a este punto de arranque, necesitamos comprender qué nos pasa y qué les pasa a los demás,-además de comunicárnoslo-, y derrumbar la infinidad de muros que hemos ido levantando entre nosotros durante todo este tiempo de empacho de fracaso.

El compromiso personal

Hablaba el otro día con un amigo que lo está pasando mal en su lugar de trabajo. Es un tipo que no está muy acostumbrado a fracasar, es decir, desde que le conozco ha ido consiguiendo razonablemente las metas que se ha propuesto. Pero de un tiempo a esta parte, no deja de hundir barcos en la escollera y lo cierto es que, por temporadas, le he visto bastante enrocado y perdiendo quizás lo primero que debemos recuperar para afrontar el fracaso: la autoestima. Extraviar a la persona que somos es prácticamente agarrar un camino en el que el cinismo y la desesperanza lo abarrotan todo, como en esas manifestaciones tan numerosas en las que parece que la razón es otorgada por acumulaciones matemáticas. No hay solución de continuidad cuando en cualquier mezcla nos empeñamos en ver lo que está mal: indefectiblemente, llegaremos a la conclusión de que todo está mal. El plato es insalvable. Se nos fue la mano con la sal…

Volviendo a la escuela con Carina Rattero, encontramos otra observación estupenda, esta vez de la mano del filósofo Jorge Larrosa: “Quizás el arte de la educación no sea otro que el arte de hacer que cada uno llegue hasta sí mismo, hasta su propia altura, hasta lo mejor de sus posibilidades. Algo desde luego que no puede hacerse al modo técnico, ni al modo masivo… Algo para lo que no hay un método que valga para todos, porque el camino no existe…”

A mí esto (aparte de parecerme muy bello), me lleva a pensar directamente en el compromiso personal. El compromiso personal necesario para salir de cualquier hoyo en el que nos hayamos metido. El compromiso personal en las escuelas difíciles para exigirnos mutuamente y creer que es posible reparar el barco para hacer que vuelva a navegar. El compromiso personal que hay que tener con cada alumno y cada familia. Un compromiso personal que muchas veces no será suficiente. Porque las personas somos imperfectas; tanto que necesitamos también del fracaso para aprender. Pero un compromiso personal sin el que es imposible que podamos hacer nada verdaderamente útil por los demás. Y lo útil, como lo creativo, ha de ser auténtico y transformador. Si no, a la escuela no le va a servir para nada, salvo para figurar mediáticamente mientras nos decimos los unos a los otros “estamos bien, estamos bien”.

Imagen: guiding failure (2010) dave halliday CC BY NC 2.0

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Aprendizaje basado en fracasos (I)

Hace unos días, durante un evento en directo titulado “¿Reimaginamos la escuela?” en el marco del curso de “Creatividad, diseño y aprendizaje mediante retos” del INTEF, la palabra “fracaso” apareció en algunas ocasiones. A partir de lo apuntado a respecto por Diana Pastoriza, esto es, que uno de los cambios positivos que ella apreciaba en la escuela actual era que comenzaba a percibirse el fracaso más como oportunidad que como estigma, a la mañana siguiente mientras iba al trabajo decidí indagar de una manera más consciente sobre lo que es el fracaso como concepto, nuestras preconcepciones sobre el mismo, sus facetas psicológicas y emocionales y cómo poder emplearlo para enseñar y aprender de manera más notable.

Durante las próximas semanas vamos a tratar de arrojar luz sobre el lado chungo de las cosas del hacer y el aprender. Porque habitualmente hablamos y nos hablan sobre cómo poder hacer bien, sobre cómo maximizar las oportunidades de evitar el fracaso: hablamos generalmente de las bondades del éxito y de los caminos que nos llevan a él. Y sucede lo que como en toda metodología o consejo: hay un riesgo de considerar la receta y sus ingredientes sin confrontar la objetividad de la propuesta con nuestras subjetividades, entornos y contextos profesionales. Esperamos poder aportar nuestro granito de arena, tratando de comprender dónde nos encontramos cuando estamos en el fondo del pozo y ofreciendo la posibilidad de empatizar con el fracaso del alumnado para que, efectivamente, podamos romper el bucle negativo y posibilitar que el estado de fracaso se convierta en un trampolín desde el que volver a un estado positivo y constructivo que fortalezca nuestra capacidad para aprender y, como no, para fracasar cada vez de una manera más efectiva, por la vía de minimizar el impacto negativo de la fase y destacar lo positivo que indefectiblemente emerge tras cada derrumbamiento.

El fracaso, tu amigo

Uno de los primeros problemas que encontramos con el fracaso es que, una vez que se conoce, puede convertirse en un amigo Rexona. Generalmente cuando sucede eso, seguimos un patrón similar en cuanto a incapacidad para desarrollar un afrontamiento adecuado ante las dificultades. Los estados mentales y emocionales nos permiten establecer paralelismos que desembocan, por ejemplo, en síndromes profesionales ya muy extendidos y conocidos entre colectivos que trabajan en contacto directo con personas (personal sanitario, de enseñanza, de servicios sociales….). Asimismo, los perfiles psicológicos y sociales asociados al desempeño académico nos ofrecen también informaciones valiosas sobre la manera en que las variables interactúan entre ellas y ponen en la mente, el estómago y el corazón de nuestros estudiantes (y cualquier persona) esos matices típicos del fracaso, que se nos pueden adosar en tal modo que hagan imposible que levantemos cabeza si no somos capaces de recuperarnos de esa pérdida de locus de control, autoestima, objetividad, realismo/relativismo, etc…

Es inevitable. Tenemos que tener claro que algunas veces a lo largo de nuestra vida algo no se va a desarrollar como esperábamos. Que ese proyecto al que hemos dedicado tantas horas y desvelos puede derrumbarse como un castillo de cartas y no satisfacer nuestras expectativas. Que hay un montón de gente por ahí que es mediocre, sí; pero hay otro buen montón de gente que es bastante más brillante que nosotros, que hace mejor que nosotros, o que conoce a gente más importante que la que conocemos nosotros. Todo cuenta, y siempre hay algo que no controlamos. El fracaso es un amigo que no suele llamar por teléfono antes de plantarse en tu casa. Con todo, mejor dejarle entrar y que se siente. Incluso ponerle algo para picar, antes que echarlo a patadas. Porque lo que queremos es aprender de él y, si puede ser, que no se beba todas nuestras cervezas.

El reto

El problema viene a aumentar su complejidad cuando pretendemos hacer este enfoque visible en escuelas desavorecidas en las que se dan la mano tanto los profesionales con síndrome de Burnout como el alumnado y familias que soportan en su vida cotidiana una carga de presión socio-afectiva tan alta que su rendimiento académico y posibilidades de mejora se encuentran estabilizadas en el fracaso. En un ámbito en el que pueden mezclarse tantas vivencias y matices sobre el fracaso… ¿por dónde empezar?¿Con quién o quiénes contar? ¿No será normal que a todo el mundo le entre ganas de partirnos la cara si presentamos al fracaso como nuestro amigo y el suyo? Es muy complicado, sin duda. Y requiere de tiempo, comunicación, empatía, acompañamiento… Veamos adónde nos lleva todo ello durante las próximas semanas.

Imagen: The art of failure (XoMEoX, 2017) CC BY 2.0

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La gran paradoja del sicomoro

La reciente alegría con la que se ha presentado el definitivo despertar de la computación cuántica da para muchas elucubraciones y visiones sobre el futuro más o menos cercano. Me acuerdo un poco de Alan Turing y de lo mucho que hubiera podido contribuir y disfrutar con lo que ha terminado de comenzar a pasar. 65 años hace que murió. No hubiera vivido tanto como para haber podido conocer a Sycamore (el nombre se lo puso un fan de Chiquito de la Calzada de Goleta, California), pero a buen seguro podría haber ayudado a reducir los tiempos en el desarrollo de esta tecnología gracias a sus incontestables cualidades intelectuales y científicas. Espero que lo absolutamente nada que sé sobre Matemáticas pueda dar un valor especial a estas últimas palabras, como es justo y necesario.

Escandemore, juega en una liga avanzada en lo que a ordenadores se refiere. Su estrafalario aspecto de bombilla gigante con casquillo de ojo de buey, que la aproxima más a un artefacto plástico de vanguardia que a la imagen mental típica que podemos tener de un superordenador (ya saben: capa, paquetorro y machismo reconcentrado en cada mascón repartido), puede distraer de los superpoderes para el cálculo y la simulación que nos ofrece. Pero, ¿qué significa exactamente todo esto? ¿Para qué sirve un cacharro de estas características? ¿Qué es un cúbit? ¿Estamos en peligro como raza viviente más avanzada de todos los tiempos?

Cúbits

Empecemos con los cúbits, que son la unidad mínima de la teoría de la información cuántica. De un modo más cercano, los cúbits son como Pedro Sánchez, que puede tener un valor de 0 y 1 simultáneamente (es una especie de valor superpuesto geométricamente, como si Pedro pudiera estar haciendo guarreridas españolas con Sánchez, y viceversa, y todo al mismo tiempo, como en una orgía cuántica y socialista). La primera ventaja que aparece a partir de esta suerte de metrosexualidad del cúbit, es que las posibilidades de cálculo aumentan de manera exponencial (así como las de almacenamiento, espacio, tiempo, probabilidad de que podamos retozar esta noche con nuestra pareja, etc…) El universo que se abre con los cúbits nos hace pensar en que quizás estamos empezando a recorrer la parte del camino de la existencia en la que acabará surgiendo algo más grande que nosotros gracias a la ciencia.

La expansión de las velocidades de cálculo, comprobación, simulación; así como la gran cantidad de datos con las que las computadoras cuánticas son capaces de trabajar, abren grandes posibilidades para el desarrollo tecnológico a efectos del tiempo que necesitamos invertir para conseguir resultados y las características de los mismos. Como siempre, los peligros están siempre ahí, como las pastillas de jabón en las duchas de las cárceles. Qué fastidiosa es la existencia, ¿verdad? Para una posibilidad de algo siempre surge la posibilidad de su contrario. Qué maravilla es el cúbit, entonces, que nos permite trasladar a los equivalentes a un circuito informático… y más allá. ¡Qué copazos nos vamos a poner con los cúbits!

Escuelas para máquinas

Dicen que Alan Turing dijo muchas cosas interesantes. De entre las que hay destacadas en el anterior enlace, me quedo ahora mismo con estas dos:

“En vez de intentar producir un programa que simule la mente adulta, ¿por qué no tratar de producir uno que simule la mente del niño? Si ésta se sometiera entonces a un curso educativo adecuado se obtendría el cerebro de adulto.”

Alan Turing

“Podríamos esperar que, con el tiempo, las máquinas lleguen a competir con el hombre en todos los campos puramente intelectuales. No obstante, ¿cuáles son las mejores para comenzar? incluso ésta resulta una decisión difícil. Mucha gente piensa que lo mejor sería una actividad muy abstracta, como jugar ajedrez. También puede sostenerse que lo mejor sería dotar a la máquina con los mejores órganos sensoriales que el dinero pueda comprar, y luego enseñarle a comprender y a hablar inglés. Este proceso podía seguir el proceso normal de enseñanza de un niño. Se le podrían señalar cosas y nombrarlas. Reitero que desconozco la respuesta correcta, pero considero que hay que intentar ambos enfoques.”

Otra vez Alan Turing

Si cruzamos estas frases con la visión estándar que tenemos de la escuela,- además de con la visión real que podemos tener muchos de nosotros-, lo cierto es que a la hora de obtener ese cerebro adulto, no estaríamos obteniéndolo: estaríamos obteniendo algo potencialmente mejor que un cerebro humano adulto. El tiempo y los costes de educar a una máquina, ¿se han calculado en comparación con los de hacerlo con un ser humano, a un nivel de conocimiento equilibrado entre las dos entidades? Sería interesante conocerlos. Apuesto a que el resultado no es muy agradable para nosotros, y que correríamos a refugiarnos en los Stradivarius y en Mozart; o Bach, o viceversa… mientras esperamos a que el maestro Von Cúbit genere una pieza que suene al mismo tiempo como una tocata y unos fandangos de Huelva.

Educar a una máquina para ser una máquina seguramente sea la primera opción de los papás y mamás de la máquina, como la es de los humanos que sus hijos sean personas buenas y sabias (sobre todo buenas… ya si salen sabias, pues las ponemos a tirar del carro del progresismo en el que harán tropa, ya que son buenas…). “Personas humanas”, que suele decirse con laica y redundantemente graciosa pomposidad. Personas que más vale que vayamos reaprediendo masivamente en cómo vivir en un mundo en el que la media de las máquinas nos va a sobrepasar muy pronto.

Imágenes: Dominio Público y SPACE.COM

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Malaka: el sol, capitán redondo…(VIII)

Malaka se despidió anoche en TVE1 y una mijita antes, en directo, en el Cine Albéniz de Málaga. Y lo hizo por todo lo alto, con un Perico que se lamentaba calmo, pensando antes de dormirse qué hubiera sucedido si hubiera pasado de largo ante la exuberancia de la niña Noelia; en un sencillo juego visual de noche y día, luz y oscuridad, y con un último plano radiante de la pijita haciendo el muerto en la playa del antiguo camping de los Baños del Carmen. Una imagen que ya queda para el recuerdo de las producciones audiovisuales españolas, con ese bamboleo del mar bajo el sol malagueño, que no sé si conocerá Olafur Eliasson, pero que ha prestado en las últimas semanas un brillo peculiar y preciso a esta gran obra televisada. La luz inconfundible de Malaka. Habrá que recordarla.

Se podrían estar horas y horas comentando cuestiones técnicas, momentos, hallazgos, frases, ysis, etc… Pero creo que lo mejor que se puede hacer es animar a la gente a que vea Malaka, anotando simplemente dos aspectos esenciales que caracterizan a la serie: guion y personajes excelentes, factura personal y mediterránea. Ciertamente, existe el añadido de que si eres de Málaga, vas a poder sumar muchos matices al visionado de la serie. Más allá de las palabras y los lugares, vas a poder superponer olores, sensaciones corporales, recuerdos… pero con el cuidado justo, para que tu narrativa no se coma a la de la serie, lo que en cualquier caso me parece improbable. Así que deja de leer esto ahora, y organízate para poder ver la serie, porque todo lo que viene a continuación son spoilers relativos. ¡Ah! Otro consejo: no os deis atracones con los capítulos, que luego acabáis en casa diciéndole a vuestros papás que los camperos os sentaron mal…

Spoilers relativos finales

Pueden sacarse algunas concusiones sobre el juego que ha planteado el guion de Malaka durante las últimas semanas. Tenía la idea de comentarlo empleando el famoso libro naranja para guionistas que me dejó un amigo (si me lees, no temas, Lola no se lo puede cargar; y algún día te lo devolveré). Pero mirad, en esto, me pongo de lado del Gato: es mejor que la gente aprenda a vivir con sus secretos, por espeluznantes que puedan resultar. Buscad a un amigo que os preste el libro naranja, y ya.

La historia se cierra con personajes que se quedan igual, que se adaptan, que reculan, que no se han enterado de nada… y con tres ganadores y tres perdedores (excluyendo a los fiambres, claro). Los perdedores son, claramente, Castañeda, Sarabia y el pederasta. El ganador máximo, Perico (¡toma ya!), que sobresale por encima de la broza con su dignidad, y la frase que a todos nos hace pensar que es gilipollas pero grande: “Yo no soy como tú”. Tracatrá. Pues ya veremos, Perico. Que la vida es mu larga, chavá. Los otros triunfadores (Quino y Blanca) encuentran su particular enjuague de demonios y sonríen abiertamente mientras esperan lo que les depare el futuro, con sus familias y defendiendo la justicia. Y hasta aquí el happy end, digo yo.

El Gato

El Gato no es McNulty. Ni Travis Bickle. Ni Ben Willard. Ni el Quijote. El Gato comienza siendo imprescindible, sobre todo para el clan de las hamburguesas; pero a lo largo de la serie se va viendo desplazado por los acontecimientos, las traiciones y las personas. El Gato es el malagueño de pura cepa que va viendo cómo la ciudad va evolucionando y él debe hacerse a un lado. El Gato sabe que la mentira forma parte de la realidad, pero descubre al final que la mentira, como todo lo humano, es algo muy personal. Su mentira es su verdad (¡como la de cualquiera!) y por eso ese final lógico, en la barca, pescando bajo el manto de luz costera: sigo fumando, sigo bebiendo, sigo trapicheando…Os pongo la pasta, y a mí me dejái en pá. Que tengo razón en tó, y vosotro no os queréi enterá. Imprescindible el Gato. El Gato es el Gato. Punto. Lo tomas o lo dejas, pero sólo te va a decir las cosas una vez, que no es ningún visionario ni ningún anacoreta. Salada resignación.

¿Y ahora qué?

El entusiasmo y la satisfacción finales nos hacen desear una segunda temporada de la serie, a base de ver posibilidades en el horizonte, personajes con cuentas pendientes y una buena base previa. Para mí son espejismos, salvo que se orientara la segunda temporada a la descripción de otro mundo dentro de la ciudad (el tipo de enfoque que se desarrolló en su tiempo en Baltimore…). Sinceramente, prefiero que se quede donde está. Flotando en el mar con Noelia. A la deriva, frente a la ciudad. Y que sigan desfilando por donde quieran los chalecos de raso.

Imagen: RTVE©

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Malaka: piedras, pedruscos y peñascos (VII)

Pensemos por un momento qué hubiera sucedido en el capítulo de ayer de Malaka, si a la pija Noelia le hubiera dado por explicarle a Perico, el astronauta, qué es lo que significaba su nombre… Probablemente nada, por eso había que dejarlo colgando, y vendrá muy bien en algún momento posterior en el que salgan campanas (bodas, bomberos retiraos… no creo), gallos (me cuadra más, pensando en el clan de la Tota), o arrepentimientos (aquí hay candidatos a manta, pero ninguno más que Perico, claro). Porque vaya capitulito tuvimos anoche. Fino, fino. Todo el mundo haciendo honor a su nombre, incluido el fatum de nuevo, ofreciendo otra prueba más de que el guion está bien tejido y los personajes tienen fondo suficiente para que el espectador se mueva por una pasarela emotiva bastante amplia respecto a ellos.

En el primer tramo en flashback, con un ritmo pausado -porque hay un cierto riesgo de resultar rocambolesco si el desarrollo es más acelerado-, se ofrece la clave esencial de la desgracia. Puede que todo el sector del respetable que denostaba a Periquito, comprenda ahora la causa de sus chispazos y de su cara siempre velada por el flequillo. Todos sabemos que los adolescentes son siempre complejos, pero si además han metido la pata hasta el corvejón… Aquí la secuencia de acontecimientos es elegantemente cabrona, porque seguramente el Gato hubiera tenido más dotes prestidigitadoras que Ibrahima, el patriarca sobrevenido (estaba yo pensando en las obras del metro de Málaga mientras escribía esta última frase… no sé por qué). Pero claro, el Gato, desprovisto de todo aderezo, no es más que un desgraciado perdedor de manual que está condenado a la mierda (casi perfecta Salo, la semana pasada, dando las puntadas esenciales que tan bien hacen lucir el traje de este #Malaka7). Y pese a ello, ahí lo tienes al tío, inmortal como los espetos, y encontrando siempre un clavo ardiendo al que agarrarse para no tener que gastar una vida cada vez que surge un problema. En esta ocasión, el clavo fue Ruth, mal juzgada por mi parte en episodios anteriores, pecando quizás de no atesorar demasiada simpatía por la Guardia Civil, sin pretender ser absolutista o pendenciero, oh capitán, mi capitán Sarabia…Menudo cabronazo…

En la hornacina chiquitita quedaron Quino y Blanca, en esta ocasión, descubriendo verdades a partir de la sana camaradería profesional que se profesan. Tengo muchísima curiosidad por saber cómo va a saldar cuentas la historia con Quino y Quino con la historia. Se dice poco que su personaje es emblemático y está fabulosamente intrepretado por Vicente Romero. Impagables sus frases zalameras, sus nombres inventados y sus billetes de 20 lereles… ¿Habrá algo inesperado que enmierde su relación con Blanca? Porque muerta Noelia, ella es el otro personaje femenino que se mantiene flotando sobre toda la historia, y se me acaba de ocurrir que necesita una escena filosóficamente esencial, al estilo de la de Roy Batty en Blade Runner… ¿Se la habrán escrito, o no ? Pronto saldremos de dudas.

Vamos, Malaka. Que ya mismito es la hora de palmarla.

Imagen: RTVE ©

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Malaka: el hedor que nos persigue (VI)

A veces nos queremos convencer de que todo se arreglará cuando suceda algo en lo que ponemos todos nuestros sentidos, o al menos vivimos trasladando esa certeza al universo colindante con nuestra piel. Pero en Malaka el tradicional fatum no deja de tortearle la cara al personal como si se hubiera salido de la fila que conduce al matadero. Y mira que empezaba el capitulito de ayer con un pequeño guiño gracioso a la fe que debemos tener en nosotros mismos, desde muy tempranito, en el Peñón del Cuervo. La fe no basta, sobre todo una vez que hemos conseguido fluida cobertura para nuestras necesidades más primarias. Si no que se lo digan a Salo, que después de dejarse llevar por la pasión, puso el punto de lucidez más enorme sobre la necesidad que hayamos visto hasta ahora en la serie: “Cuando uno nace en la mierda, el olor te persigue por todas partes”. Me recordó a lo que contaba José Manuel de Oña a unos estudiantes: “Cuando uno come todo los días macarrones. ¿qué creéis que acaba pensando?… Pues que es pobre”. Y de ahí no es tan sencillo salir. Desde luego es mucho más sencillo pegar un polvo.

Mientras tanto, la revuelta de los segundones sigue hacia delante, con alguna que otra sorpresilla y la coctelera rebosante de sangre y testosterona. Obsérvese que seguimos jugando al mismo juego que en el párrafo anterior, de natural evolutivo y que no repara en gestos ni gastos para alzarse con la victoria temporal. Se baten los malos -contra los menos malos-, como leones agitanados, y en la repentina prosperidad de sus gónadas, hasta Castañeda se permite estrangular escrotos en la cárcel para hacerse respetar. Ahora, que a huevos y a problemas, nadie le gana al Gato. Porque el reinado que busca no es para sí mismo, sino para el denostado Perico, el personaje más inconsciente de la trama, excluído el bebito de la Gámez.

Se siguen manteniendo bien los equilibrios en la serie, las alternancias y la introducción de nuevos personajes en el camino; sin descuidar nuestra ración semanal de localismos y “gilipolla”, que nadie pronuncia tan bien como Maggie Civantos. Creo que la mejor prueba de su gran labor es ésta, su suficiencia como actriz para convertir lo trivial y cotidiano en algo absolutamente creíble, sin aspaventear cuando el ambiente o el mensaje que se quiere trasladar es más dramático. Sin hacer dietas burdas ni atiborrarse de tics costumbristas. Bien es poco, lo que le va a ir a Maggie próximamente. A Blanca suponemos que también, aunque todavía le quedan noches que pasar en el karaoke.

Nos esperan bellos flashbacks. Lástima que en la vida real no se pueda echar mucha mano de ellos cuando hacen falta, porque el cerebro suele distorsionarlo todo hasta que la historia resultante nos cuadra y nos permite seguir hacia delante…¿No, Blanca?

Imagen: RTVE©

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Malaka: pregúntamelo (V)

El quinto episodio de Malaka se centró principalmente en golpear repetidamente a los machitos de la serie, al tiempo que empoderaba a las mujeres poniéndolas en el lugar que hay más allá del bien y del mal, que no es otro que la realidad. De nuevo, el avance de las tramas no decepcionó y la BQG puso toda la carne en el asador para meter un gol tras otro -meten bastantes más tantos que el Málaga de Víctor, conque no sería mala idea alinearlos alguna vez en La Rosaleda-, mientras los seguidores de la serie en Twitter aplaudían alborozados, una semana más, cada detalle reconocido de la arquitectura y el costumbrismo locales. Los antis también se dejaban ver, porque nada se entiende sin los antis después del advenimiento del altavoz perpetuo que son las redes. Por eso hoy en lugar de ir colando spoilers relativos (que los voy a seguir colando igual), hablaremos un poco de algunos de los defectos que los antis ven en Malaka.

“No entiendo lo que dicen”

A pocas situaciones más duras se ha tenido que enfrentar nunca la audiencia de TVE1 en la historia de la televisión que a la de ver de lunes en lunes a unos cuantos malaguitas hablando como se habla por aquí. Terrible la falta de empatía y el amor al arte que destilan. ¡Pero si es como si estuvieras viendo la serie en V.O. ! ¿Cómo quieres que hable el Barra? Si hasta la Tota parece doctorada cum laude en Hispánica. Es tan absurdo como si en tiempos de The Wire se hubiera criticado la producción norteamericana porque el inglés de D´Angelo Barksdale y sus colegas no se parecía nada al que habíamos aprendido en los tiempos del Follow Me.

Destacamos también que este tipo de crítica suele venir acompañada por quejas sobre la calidad del sonido general de la serie, aspecto sobre el que no estoy capacitado para opinar. Si algún día veo algún capítulo con auriculares o en un cine, prometo escribir una entrada al respecto. Afortunadamente, nos quedan los sueños recurrentes de Blanca(flor), para los que nos basta perdernos en sus ojos acuosos y en ese difuminado que enmarca las escenas, del que podría haberse prescindido perfectamente para todo lo onírico representado en la serie.

“La serie es lenta”

Me sorprendió un poco un tuit, que no voy a enlazar, que calificaba a la serie como “lenta”. Hizo que recordara el tópico asociado frecuentemente a la Nouvelle Vague, y pensé en la ciencia de lo cotidiano… Si a las 22:40 de un lunes está uno ya fundido y echando burbujitas como la provoleta argentina, y se le pasa volando el capítulo de Malaka… Algo no cuadra ahí. ¡Ah! Que no hay dragones, ni espadas, ni tetas debajo de cueros modernizados. Que muere muy poquita gente. Que… No sé… Es por aportar ideas… Pero que la serie es lenta… Lento es Malick, como debe ser para los objetivos visuales y narrativos que se plantea en sus historias. De todos modos, cronometraré las secuencias el próximo día, a ver si sacamos algo en claro.

Actores que no nos cuadran

La tomó la turba tuitera con el actor que hace de Perico, el hijo del Gato; sin percatarse de que el simple hecho de que se llame así es toda una declaración de intenciones. Quizás es que estamos demasiado acostumbrados a ver a los niñitos dicharacheros de Youtube, con su trabajadísima naturalidad y sus emoticonos saltimbanquis. Seamos francos: Marco Cerezo expresa lo que tiene que expresar un personaje como el que tiene en la serie. Se fuma sus porros bien, tiene la miradita velada que tienen que tener los adolescentes encerrados en sí mismos, dice las palabras justas, y su interpretación huele a fritanga y sobaquito adolescente. ¿Qué más queréis? ¿Que cruce el Atlántico con Greta Thunberg para ponerle morritos a Trump? Por favor, estemos a lo que hay que estar. Desde aquí trasladar mi felicitación personal al actor, y mi deseo de que le lluevan papeles como para alicatar la piscina de El Candado. Que luego bien que nos quejamos de que la juventud tiene que emigrar para que se reconozca su valía.

Y ya vale

Va dejando la serie casi imperceptibles cagaditas de mosca aquí y allá que luego se transforman en estupendos momentos ajá. Es una pena que se vaya a acabar tan pronto. Me preocupa el mal color de piel de Sarabia, así como el futuro de la picoleta que susurraba en gallego a las almohadas… Detalles que anticipan lo bueno que está por venir. Hay mucho perdedor que ha tentado a la suerte. Y mi impresión es que todo quedará como debe quedar. Sin alharacas y con las palabras de Nines a un Quino que resultó ser el personaje más vapuleado de este episodio: “Yo tampoco pensaba que la vida sería esto… Pero, no sé, intento… intento cambiar. Aprendo. Me adapto.”

Y señorita Noelia, mala.

Imagen: RTVE©

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Malaka: un Joker magrebí (IV)

El cuarto de Malaka, albahío y de nombre Enmonao, salió a la plaza nervioso y se acabó abriendo la cabeza contra el burladero por ver si le daban droga buena en la enfermería de la comisaría. Sin tiempo para respirar, los guionistas empezaron a echar más tronquitos buenos a la candela, que chisporroteaba a base de sexo, autocompasión, humo de peta… Si fuera un abordaje entre barcos, tendríamos una maraña de ganchos que pueden dar en el agua con más de un atribulado grumete. Desplazada la acción principal del capítulo a estas escaramuzas en las que todos quieren ser rajá en lugar del rajá, los personajes del triángulo mágico -el tridente de Malaka, la BQG-, aprovecharon el capítulo para vivir pausadamente un avance liviano en sus tramas personales.

El Gato ofreció su rostro más vulnerable y ronroneante (petardeante, más bien), demostrando ser un superviviente dispuesto a volver a ser empitonado por el amor. Por lo que barajamos un futuro bastante negro para la picoleta en los próximos capítulos. [Hacemos aquí un inciso sobre el uso de la cámara en la serie. A ratos mareante en secuencias aparentemente tranquilas, para que no esté el espectador muy acomodado ni haya lugar a que se deje abrazar por el arrobamiento,-algo ya de por sí bastante difícil en una serie con un ritmo tan endiablado-, en planos como el del Gato abriendo su cofre de los recuerdos para la picoleta, observamos que la cámara se aquieta y saca el mejor encuadre para que el actor se lo coma todo tranquilamente y el espectador no pierda detalle. Esta es la lógica que veo en la apuesta. O eso, o que el primo de algún cámara iba al rodaje de algunas escenas matutinas, que no creo, vaya].

Blanca y Quino, por su parte, siguen haciendo equipo para sacar el caso hacia delante mientras que cada uno alimenta sus demonios con lo que tiene más a mano: alcohol, helados, videoconferencias intempestivas y antiguas conocidas del juzgado. Muy atractivo también el horizonte de estos personajes a los que, aparentemente, sólo se quiere cruzar de momento en el ámbito profesional; aunque sabemos de sobra que tienen mucho de qué hablar. Esperaremos, pues, a que el guion los baquetee un poco más y se sientan tan verdaderamente desangelados que decidan compartir sus oscuridades.

Por lo demás, buena administración de la violencia, algún candidato a palmarla próximamente (el mongolo del nene de la Tota), traiciones, y gente en el alambre por las malas cabezas forzadas por la necesidad. Que ya lo dijo El Malo: “la miseria sólo trae miseria”. Y billetes que huelen peste.

Imagen: RTVE©

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Casitas abandonadas

Siempre disfruto observando el paisaje cuando viajo en coche, sobre todo si viajo solo y no tengo que gestionar más que la posibilidad de mi despiste y del que está por allí cerca, al otro lado del cristal. Pienso muchas tonterías mientras conduzco. Como que los que conducen mucho envejecen más despacio, al contrario que las prostitutas de los clubs de carretera. O que los túneles deberían volverse bucles eternos para esos conductores que circulan alegremente sin preocuparse por estar cargándose el planeta con sus motoracos sobrealimentados. Menuda desfachatez la suya. Con lo bien que se va en burro, que le da tiempo a uno a descubrir quién vende los misteriosos melones que se anuncian en español y árabe a ambos lados de la pista de baile asfaltada. Seguro que también se graban vídeos con el móvil haciendo cochinadas y dedicándoselas a los camioneros aficionados a adelantar siempre en el peor sitio posible, como los de El Chinche, que debe ser un padrino en esto. Concretamente, el que siempre llega tarde a la ceremonia, porque se ha olvidado de algo en el puticlub que hay justo después del radar para suegras. Chicas multas se amontonan en el cajón.

Sin embargo, mi disfrute visual favorito son las casitas abandonadas. Sobre todo esas que tienen el tamaño ideal para imaginar que puedes detenerte un instante, arrancarlas del suelo y metértelas en el bolsillo. A veces no son casas propiamente dichas, sino chiscones, secaderos enanos, recintos para el delito o lugares para hacer programas de reformas en espacios mínimos. Apestan desde la distancia a sombra de algarrobo o a puré de bosta de cerdo. Te chulean con sus grafitis catetos y sus colchones llovidos de recuerdos blancos. Todo el mundo preocupado por Trump, y resulta que es Trol quien gobierna sobre todas las fachadas del mundo. Banksy sonríe mientras riega con champán los cactus de su balcón.

Casitas pequeñas para mujeres pequeñas. Casitas para Shoshas y Monas, de la Torá a las Árdenas. Casitas para maltratar el paisaje para dejarse la vida desparramada en una cuneta, mientras alguien desespera en una cama avinagrada. Casitas para echar de menos a los muertos y soñar con sus fantasmas merodeando por entre las columnas grises de las choperas. Casitas abandonadas para dejarse llevar, en procesión, siguiendo el impulso que tira de la cuerda. Casitas que esperan nuestro próximo viaje y nos saludan con el rostro disimulado de la muerte. Deben mantenerlas en pie por nuestra seguridad, sin duda.

Imagen: AnatGutman (2018) Dominio Público.

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Malaka: estirázate que vienen curvas (III)

Después de los dos capítulos seguidos de la semana pasada, Malaka volvió a dejar muy buenas sensaciones con su tercera entrega. Se comentó bastante en redes que sabía a poco, que había pasao volando… abundando de nuevo en las loas al elenco de intérpretes, destacando en esta ocasión el triángulo acutángulo Gato-Blanca-Quino, que promete (y mucho). Lo cierto es que la trama dio un estirón, después de arrancar bien con el interrogatorio al imberbe porreta. Un crecimiento que va colocando pequeños foquitos sobre cada uno de los personajes principales y secundarios, haciendo que aparezcan más sombras que luces, y pocos espacios ordenados y diáfanos. Aparece ahí una metáfora que se traslada de la ciudad a sus habitantes: no es oro todo lo que reluce.

Ya decía Marlon Michael Corleone que era importante mantener a los enemigos cerca. Digo yo que, además, a la gente que sabe demasiado hay que ventilársela rápidamente, para luego (si es preciso) flashbaquear lo que haga falta. Bonito detalle el del caballo de madera del guardés de la finca de Los Montes. Me hizo acordarme del oficial K y de lo rápido que acabaría con Malaka un tipo tan recto -o al menos más derecho que ese grupo de pobreticos míos que tan difícil tienen el encontrar la paz-. ¿Quién será nuestro Bleirraner? Ni idea. Lo único cierto es que al Gato se le va a juntar mucha faena muy pronto. Y que los anillos baratos son una mierda.

El sexo siempre está por ahí. Es bueno que esté, que sea sugerido, que se reconozcan sus dobleces, oscuridades, pasiones y simplicidades. En Malaka el sexo huele a la fábrica de Famadesa, y puede ser la válvula de escape para terribles situaciones que… sí, que están originadas por su torsión esencial. El sexo torcido siempre está por ahí, como si lo estuvieran escribiendo los dioses.

Se nos marchó otro lunes con la promesa de otro buen rato. Buena caza, majarones.

Imagen: RTVE ©

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Malaka: no apta para mongolos (I-II)

Después de ver ayer los dos primeros episodios de Malaka, solo me permití un tuit para alabar el trabajo de Salva Reina. No había que darle muchas más vueltas. Había decidido dedicarle el tiempo de antes de dormir a la serie y, simplemente, había merecido la pena. Un buen rato, mi ciudad en el espejo y una banderita en el horizonte. Porque en Malaka creo que no hay que empezar buscando más de lo que se ve y lo que se intuye, aunque a mí me ayuda el momento vital y que la parte desagradable de la ciudad me pilla más o menos cerquita. Y, qué coño, porque también es una alegría poder disfrutar del taco malagueño, la chusma y el baño de realidad, que no todo por aquí son espetos, museos y el majarón del Al-Thani. Málaga es mucho más, y me parece bueno e inteligente reivindicarlo.

Ya por la mañana, leí al azar un par de articulitos sobre el estreno de la serie. Por la tarde, otro par anterior a su estreno, para con la mezcla encontrarme con los lugares comunes de las series españolas, las comparaciones (no podía faltar The Wire, evidentemente), los deseos de sus creadores, etc… El resumen de todo ello para mí es la escena en la que el Gato se pelea con el tipo de la cicatriz en la playa de Sacaba. Que sí, que sabe perfectamente que le van a partir la cara, pero allá que se lanza con su “mongolo” en ristre. Porque es lo que hay que hacer. Punto.

A partir de ahí, todo pasa a un segundo plano. Todo lo bueno, regular y malo que haya podido ver en el arranque de la serie se pone en la justa perspectiva que puedo adoptar como espectador. El espectador también tiene sus limitaciones y sobre esa base es capaz de disfrutar más o menos con lo que ve. Malaka va a la batalla con lo que tiene (buenos actores) y lo que se intuye (un guion con muchas posibilidades de crecer). Pretender juzgarla con otros parámetros, me parece de mongolos. Así que espero que TVE1 no se cague y me deje una cita interesante para cada lunes por la noche.

Alegría.

Imagen: RTVE©

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Un mundo berruéquer

El cerebro gusta de discurrir por los caminos que ya conoce, como las personas elegimos el restaurante que nos viene mejor en cada ocasión en función de distintos factores, o reproducimos coitos que nos sorprenderían al ser revisionados por capítulos en cualquier plataforma de pago. La consciencia es algo maravilloso, aunque tampoco tiene demasiado valor sin conciencia. A la inversa, es una buena configuración para caminar por el mundo bajo la amplia sombra que va desde el anacoretismo hasta el activismo social, con una multitud de manifestaciones que transcurren por toda la zona intermedia. Pero, definitivamente, cuando existe un equilibrio entre estas potencias con base cerebral nos volvemos personas terriblemente peligrosas. Y a las personas peligrosas, al contrario de lo que la mayoría de las personas opinan, no se les da publicidad.

La notoriedad mediática es el primer paso moderno hacia la domesticación, y nunca tuvo el principito más zorros disponibles y a menos favs de distancia. Esto, prescindiendo de aguafiestas, está muy bien. Porque el disfrute de estar solo continuamente es una virtud que no suele llegar pronto en la vida, y mientras tanto hay que hacer algo con todo ese tiempo que nos ahorra la tecnología. Las redes nos han traido nuevos modos maravillosos de poder vivir la soledad, porque han congelado el tiempo, el espacio y el desplazamiento físico. Así que se puede morir congelado con una sonrisa en el rostro sin tener que afrontar el gasto y las incomonidades que supone hacer el viaje a Nepal, y ascender por cualquier pico decente hasta abandonarnos al frío hieratismo.

El único mundo que compartimos todos es el planeta Tierra. Esto se manifiesta en nuestro ánimo a consecuencia de la alternancia entre equilibrios y desequilibrios entre las físicas y químicas que lo constituyen, a veces con nuestra participación, a veces sin ella y casi siempre sin nuestra consideración. Qué desagradecidos. Sin duda el planeta va cuidándose de no desatar ninguna hecatombe que nos pille desprevenidos, mientras que nosotros vamos por él como si la evolución nos debiera algo. Es un poco confuso, ciertamente. ¿No nos estará afectando también a nosotros el cambio climático? Quizás haya que preguntárselo a Greta Thunberg. Pero habrá que hacerlo rápido, porque cuando se enamore estaremos perdidos. Y según observé el otro día en una película descolgada por ahí, Bruce Willis ya está demasiado escanciado para salvar el mundo.

Afortunadamente, nos quedan muchos mundos más, contenidos en este mundo berruéquer cuya sociedad más avanzada en lo tecnometafísico puede que sea la japonesa: ningún país del mundo puede decir que está donde está y dos bombas atómicas le contemplan. Decididamente eso debe construir una perspectiva muy adecuada a nuestros tiempos sobre el sentido de la vida, la saturación de lo humano, y las nuevas posibilidades que ofrece existencialmente la tecnología. La magnitud del conflicto es, sencillamente, arrolladora. La nueva guerra mundial está en lo tecnológico, una guerra de velocidades de transmisión de datos, capas y estratagemas, puertas traseras y datos robados antes de que llegue la señora de la casa.

Y al igual que sucedió con la bomba atómica, quienes estén más dispuestos a utilizar la tecnología para el control y la aniquilación del individuo en nombre del bien común, serán probablemente quienes se alcen con el dominio en el nuevo periodo que se abre. De momento, en este mundo berruéquer, los chinos tienen esa visión clara, con su equilibrio imbatible entre consciencia y conciencia. Veremos. Si la verruga nos deja. Y la Tierra, que siga a lo suyo.

Imagen: Mike Wyner (2018) CC BY NC 2.0

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Everything happens to Bale

Alguien debería regalarle una trompeta a Gareth Bale, con algunas partituras básicas, y un poco de caballo camuflado entre los palos de golf. Y también una biografía de Chet Baker. Aunque solo fuera por tratar de verle hacer algo diferente a lo que hemos visto más seguido durante las últimas temporadas en las que, más allá de ver a un jugador con muchísimo talento para el fútbol vertical, lo que ha quedado más patente es que es un tipo sin suerte al que todo parece pasarle. Todo lo malo, claro. O por ser más precisos, todo lo regulero.

Siempre resulta triste ver cómo se malogran las personas bien dotadas. En el caso de Bale, la tristeza se atempera con una cierta rabia que siempre se encuentra al ver la luz que sale de las pupilas del galés. Una luz aplanada por la falta de constancia que tienen aquellos que se empeñan en despreciar sus posibilidades, desobedeciendo los principios de la Física. Una luz que es distinta cuando le ilumina desde atrás en carrera, permitiendo como mucho que le alcance el dorsal de su camiseta, para poder hacerlo visible a través de las pantallas.

Las mejores actuaciones de Bale quedarán ya para el recuerdo. Sombras sobre el pasto, carreras olímpicas, y triunfos europeos (al menos con el Real Madrid, que no con su selección). Un recuerdo que se aleja de cualquier tipo de malditismo o golfería beat. Porque ni siquiera el corte de mangas que hizo tras marcar en el Wanda en la última victoria clara de esta temporada -tan lejana que casi parece de la anterior-, pasó de ser una especie de espasmo, como cuando el agente de la benemérita mueve ese extraño palo fosforescente, tratando de comunicarse con uno en la distancia, para luego preguntarte: “Buenas noches, caballero. ¿Vendería usted a Bale?”.

Solo algunos periodistas, como Julián Ruiz, siguen buscando culpables y excusas para la inconsistente regularidad del jugador galés, después de una temporada en la que tuvo todo el espacio para poder reivindicarse, aunque no pudiera contar alrededor con músicos tan inspirados como los que tuvo John Coltrane en su quinteto legendario. Yo no espero mucho más de Bale, al menos en el Real Madrid actual. Pero quién sabe. Lo que no me gustaría es que acabara como Lee Morgan. Porque de blanco solo se juega una vez.

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La turba

… y entonces me di cuenta de que todos pensábamos lo mismo. Porque es igual de agradable descubrir una chispa de magia debajo de nuestras sábanas y volutas grises, que compartir con más de una persona esa lucidez momentánea en la que coinciden las miradas, los pensamientos y los hechos. Esa conexión nos otorga una fuerza imbatible, ya estemos embobados chillando un estribillo en un macroconcierto, o tratando de ametrallar a los extraviados mentales que se ocultan en aquella trinchera humeante que hay a la derecha de los arbustos descontrolados.

No podemos más que vivir o morir, y es una elección momentánea. Podemos pensar una cosa y la contraria, pero hay que hacerlo en distintos momentos para no acabar como el extremo derecho que quiere centrar y chutar al mismo tiempo y al final manda la bola a saque de puerta, que es el camino que hay justo en medio. El equilibrio que demuestra esta imagen es, precisamente, lo que nos mantiene vivos como especie, sobre todo cuando nos juntamos muchos para hacer algo en lo que hemos pensado; lo que no deja de ser una invitación al desequilibrio vestido de convencimiento. Tener convicciones es terriblemente peligroso, pero no nos damos cuenta de ello hasta que no nos descubrimos haciendo algo con ellas, tengamos o no permiso.

Detesto las multitudes. Apestan a razones temblorosas que necesitan ir dando saltitos de hombro en hombro, de cabeza en cabeza. Me asquean los tumultos que sonríen porque han visto una luz de incierta naturaleza. Una luz que no he visto ni podré ver nunca, una luz que se parece al brillo de lo ojos de un ñú aterrorizado que oliera a los leones entre las hierbas altas. La luz de una nueva iglesia cuyo templo está en la calle. Y con las iglesias, ya se sabe: promesas que se cumplen cuando ya estamos muertos.

Imagen: Jolly Crowd, de Ivan Tam (2008) CC BY NC 2.0

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La narrativa es todo

Cuando era guitarrista del montón y tocaba en grupos del montón hubo un tiempo en que coincidí con un cantante joven que tenía talento y buena voz. Era un chico delgaducho y entusiasta, pero supongo que tenía problemas de autoafirmación personal. Yo, que también era joven entonces aunque un poco más viejo que él, solía decirle muy convencido: “No le des más vueltas. Lo verdaderamente importante es que puedas decirle a cualquiera quién eres”. Ahora que lo recuerdo, entiendo por qué nunca llegamos a nada con aquella formación. Más allá de un puñado de canciones y de la actitud que éramos capaces de ponerle al directo de un modo u otro, lo esencial, la narrativa, no la teníamos. Lo pasábamos bien y eso nos bastaba. Pero para ir más allá en algo colectivo, hay que tener algo más.

En la escuela sucede algo similar. Podemos tener narrativa en nuestro ámbito personal, hacer que nuestras clases funcionen, que los chicos aprendan y que las familias y los compañeros aprecien nuestro trabajo. Podemos disfrutar con lo que hacemos, y hacer que durante un rato la parte del mundo y la existencia que está bajo nuestra responsabilidad merezca la pena para nosotros y las personas que nos acompañan. Pero si se trata de la escuela completa, podemos no ser más que un buen capítulo de un libro que igual es un tostón. En el otro sentido, también puede existir una escuela con una buena historia y con capítulos particulares más fofos, protagonizados por personajes grises, pasajes carentes de emoción, educación plana, propósitos reiterativos, estructuras antiguas que resisten el paso del tiempo… En definitiva, lugares comunes que hacen que la institución no se derrumbe y que un tipo de vida continue, al menos de puertas para adentro y, en cierto modo, de puertas para afuera.

¿Qué historia cuenta tu escuela? ¿Es comedia o es drama? ¿Es poética? ¿Está sobreactuada? ¿Es realidad o ficción? ¿Desde dónde está contada? ¿Quién o quiénes la cuentan? ¿Quién o quiénes la disfrutan? ¿Quién o quiénes se la creen? ¿Puede tu escuela decir quién es? Piensa en ello. Porque si tu escuela no tiene una narrativa, no irá nunca a ninguna parte (vamos, a ninguna parte a la que merezca la pena de verdad ir). Piensa, también, en tu narrativa personal y profesional, y en el encaje que tiene en la de la escuela en la que estás, tenga ésta o no su propia narrativa. Más que nada, para que el paso del tiempo no te sorprenda y acabes comprendiendo el porqué de la historia demasiado tarde.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2019) © Todos los derechos reservados

https://www.flickr.com/photos/99559810@N03/47617809742/in/album-72157677851876787/
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Poéticas: pañuelos (IV)

Pañuelos

Una viajera blanca

en la pantalla


una sonrisa obligada

de difusos bordes

una maleta involuntaria


Un reloj lleva dentro

y otro colgando

muñeca desconfiada

Camina sin tener claro

cuál de los dos

marca sus horas


Ojalá pudiera sangrar

para volver a pensar

limpia

que ese río rojo

llevara la podredumbre

al fondo de los océanos cálidos

que tanto ama


No importan nuestros deseos

ni nuestras sonrisas varadas

pero quiero que la marea

la joya del tiempo te devuelva

Imagen: Esponja no me toques, por jome jome (2008) CC BY NC ND 2.0

Marrones y círculos

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El círculo es, seguramente, la figura geométrica más traicionera. Cualquiera de los puntos que la componen puede hacer que su perfección salte por los aires en cualquier momento, y que todo lo que ha tardado uno en construir durante toda su vida explote como un globo descuidado en una fiesta de cumpleaños. La apariencia es una compañera tan fastidiosa como la opinión. Ambas se oponen a la libertad, pero a esa libertad que dibujara sobre los claroscuros Marlon Brando como el Coronel Kurtz en Apocalypse Now. Vivir es un marrón, sobre todo cuando estás postrado involuntariamente. Pero también lo es cuando la apariencia y la opinión nos abrazan hasta dejarnos irreconocibles.

Se pusieron de moda los círculos no hace mucho tiempo, en el muy teórico y poco práctico renacimiento de la política hecha por gente y para la gente. Es un engaño. Se puede hacer política para la gente, pero la política no puede hacerla la gente. La gente, cuando hace política, lo que acaba por hacer es lo que se ha hecho en Andalucía desde hace 40 años. Lo que a escala sucede en tantas y tantas partes que no nos atrevemos si quiera a imaginarlo. Porque las apariencias al final explotan. Porque el teatro está bien en el teatro, que una vez termina la obra te devuelve al mundo real. La apariencia te aparta en tal modo del mundo que, realmente, transfigura nuestra percepción sobre el mismo.

Sucede que a Mercedes García Paine, actual Delegada de Educación de la provincia de Málaga, le han hecho el truco del círculo, y se ha filtrado un vídeo que se adjetiva según el medio en el que se consulte la noticia. Hasta aquí todo normal, lo de la filtración, la variedad en el uso del vocabulario descriptivo, etc… Incluso normal lo de los que, dejándose llevar por la apariencia y la opinión, piden dimisiones… Gente tan intrascendente que desaparece hasta en Twitter, gente que también tiene derecho a poder, sobre todo, seguir comiendo bien. Sin embargo, lo que no me parece normal es que no se tenga claro que este marrón que dice la señora Paine que tiene la Junta de Andalucía, lo tenemos también todos y cada uno de los andaluces que llevamos 40 años dejándonos llevar tranquilamente por la apariencia y la opinión. Salvo que pretendamos aparecer en el libro que no llegó a publicar el coronel. Kurtz, claro.

Imagen: “Palacio Real I” Chema Muñoz Rosa © 2018

El tiempo en la escuela

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Me gustaría decir que el tiempo en la escuela es como lo que tardo en liar un cigarrillo y fumármelo. A veces más, a veces menos. Contemos con que tenemos todos los elementos, que puede ser mucho contar. Agarra uno la bolsa, saca el filtro, tira del papel… Lo mecánico -que es lo aprendido-, lo que se sabe hacer. El mechero, quizás en otra parte, aunque en horas de clase puede estar hasta en casa, que es donde mejor está, sobre todo cuando se lleva mucho tiempo fumando e intentando enseñar. Para fumar los intentos sólo rigen cuando te estás quitando, lo que sucede de vez en cuando. Pero el mechero es imprescindible. La chispa. La lumbre. La llama. El fuego que prende el tiempo. Algunos se queman. Es posible, y normalmente antes siempre se observa cómo van de aquí para allá echando humo. Menudas locomotoras. Si te quedas parado intentando comprender, te llevan por delante, por mucho que confíes en tus dotes y en las suyas. Porque hay trenes que pasan y trenes que van desde el principio a atropellarte. No hay que fiarse de las vías, fallan tanto como los programas de recuperación de los aprendizajes no adquiridos.

Un niño me pregunta que si fumo. Luego, casi siempre desde hace muchos años, que qué fumo. La respuesta es variable, fue variable y será variable. Un acto o su mancha, en cualquier parte genera preguntas que a veces son muy parecidas en muchas otras partes. Si se vendiera la curiosidad no debería sorprendernos que tuviera distintas calidades y precios. Esta pregunta sería la del Mercadona, seguramente. Y está bien que allí no vendan tabaco, porque si no de qué iban a vivir los estancos. Por eso las preguntas deben estar por todas partes, sin importar lo que puedan tardar en llegar, porque cuando las metemos en compartimentos parece que sólo tienen sentido allá dentro, de donde sabemos que podremos sacarlas el día del examen, como si fueran papel, picadura y filtros.

Van pasando los días, las semanas, los meses. A veces fumas más, a veces menos. En el cole nada de humos, salvo los de las locomotoras y algunos penachos extraños que surgen en ocasiones bajo las puertas cerradas. Llevamos los aparejos, los tanteamos para asegurarnos de que están allí donde pensamos que los habíamos dejado. Liamos un cigarro al salir -sin contar los metros-, y si ha pasado suficiente tiempo igual encontramos que ha merecido la pena. Porque ayer, un niño, consiguió una maceta con hierbabuena.

Fotografía de cabecera: Lugares… ©Chema Muñoz Rosa (2019)

Banderas intercambiables

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La aventura empresarial-teatral de Antonio Banderas en Málaga parece que llegó al fin a buen puerto, hecho no demasiado extraño teniendo en cuenta la cierta proximidad que hay entre el Palmeral de las Sorpresas y la calle donde se ubica el pronto irreconocible -al menos físicamente- Teatro Alameda. Barcelona queda un poco más lejos, en diversos planos, pero al menos puede decirse que se terminan meses y meses de vicisitudes, declaraciones, despechos, repechos y quién sabe si golpes de pecho en la pequeña china. Pero qué diablos, viva el capitalismo, coño.

Con todo, la ciudad de Málaga como ente turístico no puede más que estar de enhorabuena. Los amantes del tren, el barco y el entretenimiento, también deben de estar felicísimos. Aunque sin lugar a dudas la persona más feliz por el desenlace es el malagueño medio, siempre atento a que sus conciudadanos más pudientes puedan acabar saliéndose con la suya, máxime si es en nombre del arte. Suele decir Félix de Azúa que el arte ya ha hecho y dicho todo lo que tenía que hacer y decir. Por lo que es absolutamente legítimo que sirva para lo que ha quedado, que es amasar pasta. E insisto, para que quede bien patente: viva el capitalismo, coño.

Lo que queda un poco fuera de lugar es hablar de ruinas y romanticismo, porque entonces conseguimos el efecto contrario al que estamos buscando. Salvo que las ciudades, el arte, la cultura, la belleza y las banderas que vamos enarbolando a lo largo de nuestras vidas se estén pretendiendo hacer pasar por realidades que nada tienen que ver con el dinero. Que es precisamente lo que debe hacer que, todos juntos, gritemos hasta que se oiga en la subida a San Cristóbal: viva-el-capitalismo, coño.

Imagen: Lentini-Manfria Group_Phlyax scene: a master and his slave. Side A from a Silician red-figured calyx-krater, ca. 350 BC–340 BC_ Louvre Museum (Paris)_© Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons CC BY 3.0

Poéticas: la violencia (III)

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Irreductible me creí

hasta que mis desnudeces

sajó el matarife.

Pétreo mi rostro quedó,

sus ojos nadando en súplicas

y el temblor del soldado tonto

que siempre muere

en las películas.

Porque es tendencia respetable,

dialogante y perspicaz;

porque las guerras son transparentes

un meme es la violencia.

Para poder desaparecer

muéstrate haciendo palanca,

con gestitos y palabras,

y muere en el nombre gritado

de cualquier gilipollez.


Infinito y sideral fui,

en el regazo de mi dios.

Una sonrisa nublada,

sobre la sangre el altar.

Algo se detiene

para que continue el cortejo

¡Ah, gloriosos caídos,

cómo os gustaba matar!

Porque es tendencia respetable,

en guerrero y charlatán:

su vestido es un artificio,

la desnudez su verdad.

Pasarás a la historia, hermano,

de muralla inculta quizás,

muriendo mientras esperas

que los necios algo consigan

legislando sobre utopías.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2018) CC BY-NC-ND 2.0

Poéticas: secretismo (II)

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Ella no podía saberlo,

no había señales para ello

ni en la tierra ni en el cielo,

y aun así asomó su mundo

al que nada pude ofrecer

como incauto complemento.


Ella no podía saberlo,

todavía no existían

ni imágenes ni palabras,

y derramó sobre mí

su nudo giratorio,

inasible línea al filo

de un abismo de sábanas.


Por eso cayeron los muros

de su recta estratagema,

porque cuando ella miraba

divertida mi impaciencia

salté confiado al vacío

coronando su extrañeza.


Luego todo fue amor,

dicen.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2018) © Todos los derechos reservados

Elementos imprescindibles

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La amplitud y variedad de reflexiones que generamos en las redes alrededor de la educación a veces no sirven más que para levantar barricadas, determinar oponentes y señalar vigas en todas partes. O para hacer visibles casos concretos, buenas prácticas, teorizar, citar estudios que apuntalan nuestro punto de vista… y levantar barricadas, determinar oponentes y señalar vigas en todas partes.

Hoy propondremos un ejercicio sencillo, y luego ya nos podremos dedicar a emprender obras arquitectónicas argumentativas que nos permitan encerrarnos bien y tirar la llave por el retrete. La propuesta consiste, simplemente, en tratar de reflexionar un momento sobre cuál es nuestro papel en el centro educativo en el que prestamos nuestros servicios, para después determinar en qué grado consideramos que somos un elemento imprescindible para nuestra comunidad educativa.

Con un poco de tiempo que dediquemos a este intento de análisis, seguramente surgirán un buen montón de preguntas que necesitarán respuestas concretas. ¿Qué es lo que aportamos? ¿En qué ámbitos y espacios? ¿Qué evidencias hay de ello? ¿Cuál es nuestro peso específico dentro de la estructura y el proyecto de nuestro centro educativo? ¿A qué contribuimos, dónde y con quién? ¿Qué impacto efectivo tendría nuestra desaparición en el centro educativo sobre el proyecto que allí se desarrolla?

Además: ¿quién lo dice, señala, manifiesta, comunica, agradece, destaca, o hace sentir? ¿Quién lo critica, complementa, rediseña, apoya, defiende, reconoce, o hace crecer? ¿Quién lo censura, desconoce, ignora, calumnia, dificulta, o deja correr? ¿Dónde comienzan, respectivamente, lo objetivo, lo subjetivo y lo intersubjetivo en una reflexión de este tipo?

Cuando te canses de mirarte a ti mismo, mira a los demás. Y cuando te canses de mirar a los demás, mírate a ti mismo. Por el camino aparecerán los elementos imprescindibles. También en tu escuela.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2013) CC BY NC ND 2.0

Poéticas: el confín (I)

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Vuélvese el hombre hacia sus mitos,

amanerado y medroso astracán,

vomita quedo su decepción

al encontrar imperfecta

la misma carne de siempre

vestida de esputos  y bajeza.

La mortalidad al fin abandona

el patrimonio de los vampiros,

soldados de guerras cotidianas,

desbordados de experiencia

y especialidades muertas

se recuerdan mutuamente

el deber de morir

con dignidad.

Y tanto nos apena vuestra marcha

que levantamos tótems e idearios,

porque vuestra plana ausencia

en tal modo nos castiga

que llenos de orgullo y prejuicio

sacudimos nerviosas las manos

sobando líneas de tiempo

hasta alcanzar el orgasmo.

No nos hacen ya falta más orates,

ni más oscuros augurios se precisan.

Consumados en la hecatumba

Y esculpida la cotidiana bosta

ni siquiera somos capaces

de admirar nuestra sepultura…

¿adónde marchará lo bueno

siempre cubierto de pústulas?

Vuélvese el hombre turbado,

falaz hacia su parentela,

reconoce unos cuerpos extraños,

frentes trianguladas

y chorreantes mareas…

Qué pueda quedar  ya

por aniquilar

entre los bausanes erectos

que se dan matarile en silencio…

Hasta Bruto nos envidia

desde el fondo del averno.

Muros mediáticos

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¿Os acordáis del Monsters of Rock? ¿De esas pilas de pantallas de amplificadores Marshall, esas marabuntas de peludos y peludas acudiendo a la liturgia del rock y el heavy metal? Seguramente se trataba de una forma de hacer la guerra, una forma de conectar a las masas con su más básica razón de ser. La representación sonora del progreso a base de guitarrazos y alaridos. Una forma de vivir y disfrutar que, más que desaparecer, se ha transfigurado. Desde ese muro de sonido y poco más (quizás la hombría rockera, los escrotos esculpidos en los vaqueros y los pantalones de cuero… una estética candidata hoy día a agravante políticamente incorrecto para cualquier juzgado de guardia), hemos pasado ahora a alimentar la amígdala y los jugos gástricos con el muro mediático, y todos y cada uno de nosotros aportamos nuestro amplificador -más o menos potente- para la construcción de esa amalgama de ruido social que no hay espectrómetro que resista. La libertad mediante las cookies.

El latín, como el rock, también ha pasado de moda, lo que provoca un alejamiento del conocimiento de la lengua y una nueva forma de construir y comunicar el pensamiento. Ahora Bruto lleva pendientes en la lengua y en los pezones, aunque no sepa conectar un Big Muff a una BC Rich (y mucho menos conectar ésta a un 4×12). ¿Qué es esto? Nada más que un ejercicio de declinismo. La realidad no pasa de ser un estorbo para llegar más allá, bastante bien soslayable por el mensaje y la manipulación. El que envejece es pesimista, la juventud puede suicidarse por amor y desamor (hay mucho que investigar ahí, subvencionemos). Pero aceptemos al menos lo siguiente: dentro de la ineficiencia de la naturaleza, el ser humano es lo más eficiente (en la creación y en la destrucción), luego no debería sorprendernos que la tecnología y los algoritmos puedan superar con creces esta eficiencia nuestra, dentro de la ineficiencia sistematizada que provoca la coexistencia del orden y el caos. ¿Qué es lo que queremos, mientras nos decidimos a dar el salto? Un ampli. Y cuanto más gordo sea, mejor.

Después de la caída del Muro de Berlín, había mucho que ganar poniendo rumbo hacia el este. Hoy, con la aparente desaparición de límites y fronteras que trajo internet, hay mucho más que ganar que en ningún otro momento de la historia, y la información, su control y su difusión se han convertido en la mejor y más barata manera de hacerlo (nada hay más barato que la deuda Voyager, la inversión a fondo perdido en la posibilidad). Para ello, basta con producir una tormenta sónica continua, hacer que el silencio se nos vuelva insoportable. ¿Para qué mira uno 150 veces al día su fono? Para ver si ha pasado algo. Y es una putada, pero nunca sale que vuelve el Monsters of Rock.

Imagen: Jaakonam, (2008) 3 x 6 stack of Marshall guitar cabinets (the setup of Jeff Hanneman from Slayer) on the Tuska open air metal festival main stage in 2008. CC BY SA 3.0

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Una biblioteca

Granja Escuela... (VII)

De vez en cuando nos asalta la lucidez y rescatamos pequeños hábitos que nos hacen la vida más placentera. Volver a sacarse el carnet de la Red de Bibliotecas Públicas de Andalucía le reconcilia a uno con la lectura, los libros, los espacios y las personas que se encargan de gestionarlos. Y por fuerza natural, ese acto de ir a alguna parte también le hace a uno viajar hacia dentro y recuperar sensaciones olvidadas, tactos, olores, comportamientos y momentos. Porque el acto de leer es precisamente eso, saber quiénes somos en distintos momentos.

Ir a una biblioteca puede hacer tanto por nosotros… Una bonita sorpresa, un sitio donde se prestan y regalan universos y silencios para llevar. En el camino te puedes encontrar tantas claves, señales y códigos de pertenencia al mundo como cuando paseas la mirada sobre los lomos de tantos y tan diferentes caballos repletos de letras que prometen llevarte a lugares insospechados. Pueden haber pasado muchos años o pocos, pero allí siguen, vívidos, como perros inmortales dispuestos a darte mucho a cambio de muy poco, los libros.

Me gusta la biblioteca de mi barrio. Me gusta su espacio. Me gustan sus bibliotecarios. Porque te vuelven a recordar cómo se habla bajito y empleando las palabras justas. La cremallera de la mochila es aquí un sobresalto. Tan sólo hay un puñadito de normas que cabrían holgadamente en el asteroide del Principito. El resto puede que sea la libertad más olvidada del mundo actual. Puedes estar en el mundo o huir del mundo. Puedes vivir o puedes morir. Pero cuando lees, estás tan cerca de ti mismo, del mundo y de la libertad que te da hasta reparo por parecerte que estuvieras en otra parte.

Nunca he dejado ni dejaré de leer. Pero desde que he vuelto a estar en una biblioteca, recuerdo más a menudo que soy libre.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2018) ©Todos los derechos reservados