El reconocimiento que precisamos

Tengo un amigo que dice que el marketing es lo que todos hacemos para mostrar nuestra cara A. En cualquier ámbito profesional encontramos personas simples como un compact disc, anticuadas como un vinilo, entrañables como una cassette… También en educación, y sobre todo en las redes sociales donde es relativamente sencillo posicionarse, compartir nuestro trabajo, opinar, vender grandes éxitos en formato single o doble en directo, ir de gira… Lógicamente hay profesionales que nos parecen más o menos naturales o artificiales, pero todos tenemos en común -tanto dentro como fuera de la red- que precisamos reconocimiento, nos encontremos donde nos encontremos estructural o geográficamente.

A todo el mundo le gusta que le digan lo mucho que mola, lo bien que trabaja, lo estupendo que es. La alabanza se parece al agradecimiento en que es algo que no tiene demasiado sentido cuando es estrictamente unidireccional; y también es peligrosa cuando se lee mal o se le otorga una importancia que nubla nuestros objetivos y propósitos más genuinos. Hay que aprender a dar y recibir, quizás especialmente en esas escuelas en las que se respira una atmósfera excesivamente funcionarial y en las que cada uno va a la suya sin perder de vista el más escrupuloso cumplimiento de su horario; que no hay que perderlo de vista, pero tampoco creer que trabajamos de nueve a dos, porque no es así.

A no tantas personas les gusta compartir de manera abierta lo que hacen en clase, por mil y una razones, elecciones personales, etc… Creo que es porque cada cual tiene la potestad profesional de decidir cómo mejor desarrollar su actividad docente, invertir su tiempo y comunicar sus experiencias. Por eso tampoco tiene mucho sentido esforzarse en diferenciar y categorizar profes y profas, según estén aquí o allá, hagan esto o lo otro o tengan tales y cuales ideales, porque lo que es seguro es que ninguno dispone del don de la ubicuidad. Peores y mejores, vale. Pero no porque sigan un método u otro, estén en red o en el salón de su casa -que también se puede estar en los dos sitios a la vez, afortunadamente en invierno gracias a las mesas camillas debidamente calefactadas-, sino porque obtengan o no resultados positivos para su alumnado a través de todo ello.

Las RRSS como espacio de evaluación profesional

Tener presencia social en red supone estar bajo el escrutinio de la parte de de la comunidad educativa que se desarrolla profesionalmente en ella, lo que significa que no sólo puedes ser evaluado a nivel profesional sino que esta información también se complementa con otros matices que vas dejando por aquí y por allá de manera más o menos intencional. Por consiguiente, hacerse a la mar en la red educativa es aceptar sus reglas, estar dispuesto a compartir y a experimentar todo tipo de aventuras y, en lo que nos ocupa, estar preparado para la crítica. Cuanta más eslora, más espacio para montar cañones y para recibir cañonazos. Cuanta más bodega, más ron, que el conocimiento ya lo tenemos muy visto.

Esta evaluación siempre es una oportunidad para mejorar, además de para que a según qué edades nuestros egos queden suficientemente satisfechos. Por eso creo que estar en red multiplica las oportunidades para perseverar y encontrar nuevos caminos, así como  para recibir reconocimiento, apoyo profesional (y personal) y quién sabe qué más en los próximos años. En este sentido, existen combinaciones tan variadas como las que existen en los espacios físicos. Uno puede ser un desastre  en su vida privada y luego un adorable pedagogo, o tener una paciencia infinita en el aula y llegar a casa y ponerse a cenar niños crudos. ¿Qué es lo más importante en cada ocasión? En un mundo educativo en el que peleamos tanto por la diversidad en las aulas, ¿qué tanta diversidad somos capaces de aceptar en el gremio? ¿Qué es lo que valoramos a la hora de evaluar lo que una compañera comparte en red? ¿Vemos al docente como una persona, o vemos sólo a la persona o sólo al docente?

Los océanos deberían tener un poco de suerte y empezar a experimentar lo que la red ha experimentado en los últimos tiempos. Y aunque haya mucha más gente en tus listas de Twitter que en tu centro educativo, valora la importancia que tiene el reconocimiento en cada espacio,  ámbito y momento, porque todos necesitamos una evaluación de vez en cuando.

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La naturalidad de lo artificial

Hace muchos años cuando ejercía a tiempo parcial de juntanotas, que es a “música” lo que juntaletras a “literatura”, estuve en una televisión local con un amigo para ser entrevistados. De todo aquello lo que más recuerdo es un cruce de impresiones entre mi amigo y la presentadora del programa un momento antes de salir a emisión… “Qué artificial es todo esto, ¿no?”, dijo el colega. A lo que la señora un poco contrariada opuso “Claro que es artificial. Y yo soy artificial, y tú, y este…”. Y como supuse que ya todo daba un poco igual después de eso, decidí no quitarme las gafas de sol.

¡Ah, qué tiempos aquellos en los que salíamos en la televisión local! Había hasta un concierto nuestro que emitían no sé a qué hora. Pero debían de pasarlo de vez en cuando porque un día en el trabajo se me acercó una de las conserjes de forma misteriosa para preguntarme con máxima discreción: “¿Tú tocas la guitarra en un grupo que sale en la tele?”. Me salió una carcajada loca de esas que descolocan a tu interlocutor, resultando todo bastante natural en conjunto. Pero, ¿cuándo somos realmente naturales y cómo podemos percibir la naturalidad en otras personas?

Planificando cómo dejarse llevar

Los dos elementos esenciales de la naturalidad puede que sean la sencillez y la espontaneidad, a juzgar por lo que dicen los diccionarios. Ambas sólo se pueden mostrar o percibir en toda su dimensión cuando tratamos de manera suficientemente constante a una persona. Cuando se trata de nosotros mismos, siempre es posible trazar un plan para resultar llano y satisfactorio en una reunión o en un encuentro con desconocidos. Nuestra actitud es como un lienzo para nuestras palabras y hay que tomarse tiempo para poder acabar pintando un buen cuadro. Supongo que un gran ejemplo de cómo llevar esto acabo de una forma magistral fue el del cómico Andy Kaufman al que seguramente muy pocas personas sabrían leer en términos de realidad o artificio.  En según qué momentos y ambientes, al final si lo  estamos pasándolo verdaderamente bien, ¿qué importancia tiene que lo que tengamos delante sea natural o artificial? Tiene que parecernos simplemente bueno. Tenemos que hacerlo simplemente bien.

Con todo, hasta el mejor guión o la mejor actuación siempre están sujetos a que las personas decidamos validarlos. El mundo está repleto de aburridísmas historias reales pese a estar magistralmente contadas y de actores y actrices que nos resultan intragables se pongan como se pongan. Tener un plan nos va a ayudar, sin lugar a dudas, pero el resto es insondable. El mismo Kaufman puede parecernos genial o despreciable, como ese tipo que nos presentan con la etiqueta de que es divertidísimo y a los tres minutos nos hace estar deseando que empiece a llover o aparezca una pareja de municipales con una orden de alejamiento a su nombre. Planifiquemos, pero dejando siempre espacio para la improvisación y aceptando que finalmente puede suceder cualquier cosa.

Me gusta tu estilo

Como muchas otras cosas, la gente nos entra por los ojos. Sin embargo la primera impresión no tiene porqué ser definitiva, aunque muchas veces pueda serlo y nos ahorre pérdidas de tiempo, sobre todo cuando se trata de personas que tenemos la casi absoluta certeza de que no ir a volver a encontrarnos nunca más. La ventaja en este caso es que nos da igual acertar que equivocarnos porque el peso que le concedemos al acontecimiento no pasa de ser una visión borrosa, lo que puede ser una oportunidad terrible para darnos a la naturalidad mal entendida y acabar resultando desagradables.

Tenemos una tendencia natural a querer saber cómo son las personas. La confianza que desarrollamos en nuestras relaciones es lo que nos da la oportunidad de resultar naturales de la forma más genuina, porque aunque podamos resultar chocantes sabemos que siempre flota suficiente empatía en el ambiente como para que no nos dé miedo hacer el ridículo.

A partir de ahí podemos ser como queramos, siempre que estemos dispuestos a lidiar con las consecuencias de nuestros actos, algo que parece que se ha vuelto ligero de acuerdo con lo que observamos diariamente en los medios. Porque sin duda la peor deformidad de lo natural es que nos parezcan normales ciertas cosas y las representemos y observemos no ya con artificialidad sino con postmoderno arrobamiento.

Leer, escuchar y hacer el amor

Mientras termina un año y empieza otro hay personas que hacen balance y recopilan los logros y fracasos que dejan atrás y los planes, propósitos y metas que vienen. Es absolutamente natural y necesario. Las personas necesitamos ciclos, ya sea para desarrollarnos, para revolcarnos en nuestra espiral favorita o para descender a los infiernos. En el mundo de la autoayuda y el orden, además, las personas precisamos listas que marcar y revisar, papeles que arrugar y encestar, frases inspiradoras, motivaciones que llevar en el bolsillo, canciones con las que despertarnos  y acostarnos, y paquetes de actividades (físicas y psíquicas) más o menos dirigidas, con las que mantenernos entonados aunque siempre que vayamos al karaoke acabemos haciendo el ridículo. No hay problema. Se puede hacer el ridículo. Basta con estar suficientemente preparado para aceptarlo.

El hecho de compartir este tipo de información en las redes sociales hace que surjan preguntas silenciosas, curiosidades, paradojas y hasta milagros espacio-temporales que nos permiten conseguir hitos de toda índole que compartimos con un orgullo y satisfacción casi borbónicos, sabedores de que la red puede hacernos reyes por un día en cualquier momento. Basta con encontrarnos con una buena bomba ciclónica de likes que nos eleve al mundo en el que lo cuantitativo y lo cualitativo se miran como Murph y Cooper en la secuencia clave de Interstellar. Es la magia de la comprensión, por encima de lo meramente numérico. Y eso es precisamente lo esencial a la hora de leer, escuchar y hacer el amor: experimentar esa comprensión y poder compartirla.

Leer es muy bonito

No te lo vas a creer -porque igual no eres capaz de recordar cuál fue el último libro que has leído-, pero parece que en España leemos cada vez más, lo que es una noticia excelente, por encima de que tu vecina haya conseguido leer 75 ejemplares este año (las mujeres leen más que los hombres) y tu cuñado crea que el hecho de que leas un diario deportivo te excluye del selecto club de los amantes de los libros. Todo lo que puedo deciros es que leer es muy bonito, que casi todo lo que leo es en Scribd gratis y iPadMini viejo y libros prestados de año en año y que, por supuesto, no he leído el informe completo de 2017 sobre la lectura de la Federeración de Gremios de Editores, aunque sí algunas partes determinadas.

Me gustaría comentar lo contrario, pero quizás este año no tengas tiempo para todo lo que deseas leer. Procura comprender por qué y para qué lees y vívelo lo mejor que puedas, porque será una buena inversión a largo  plazo y quién sabe si cuando pases revista a este 2018 te encuentras con la sorpresa de que has superado a tu vecina en la clasificación de lecturas completadas.

¿Qué?

Decía que me gustaría comentar lo contrario, pero que quizás este año no tengamos tiempo para leer todo lo que deseamos leer. Y te hubieras enterado si atendieras a lo que te digo, que me tienes harto ya… ¿Cuántas veces no escuchamos lo que nos están diciendo porque no somos capaces de domar o postergar la interferencia? ¿En qué ocasiones la actividad está por encima de la persona, o viceversa? ¿Cuándo decidimos que lo que nos cuentan no merece la pena y conectamos ambos oídos en la misma dirección y sentido para aligerar el tráfico? La escucha es un gran acto de comprensión y además hace sentir realmente bien a la persona que trata de comunicarse con nosotros…¿Qué?

Creo que otro buen objetivo que podríamos plnatearnos para este año es escuchar más -y mostrarlo con mayor claridad- a las personas que nos rodean, ya sea en el trabajo, en casa, en el bar, etc… No es tanto entender a la perfección la cuestión como participar de lleno en ella, porque siempre podemos preguntar y, en muchos casos, eso añade valor al intercambio. Escuchar más para preguntar mejor. Escuchar más para conocer mejor. Escuchar para que nos escuchen.

Que leer es muy bonito…

… y sin embargo es una actividad que usualmente enfocamos de una manera individualista. No solemos leer para otras personas, y sobre todo no solemos hacerlo en el ámbito de la intimidad; al menos cuando hemos atravesado periodos de la vida que hacen quedar francamente lejos las crestas, bosques y brumas del romanticismo juvenil. Leemos a veces para ver si nos dormimos, y no queremos escuchar otra cosa salvo el eco de las palabras que entran por nuestros ojos medio entornados. Es un gran momento. Nuestro momento. Entonces nos giramos y apagamos la luz, casi arrobados, paladeando las últimas frases y cuadrándolas en nuestro mapa mental de la historia. De repente, ¿qué es eso? ¿Una mano que nos toca? ¿Un pie? Qué frío, demonios. Y haciendo un gran esfuerzo, escuchamos: “Un día podías leerme a mí algo…”.

Para qué escribir

 

Al ser humano le gusta siempre saber el porqué de las cosas, de lo que sucede y de lo que hace, de lo que siente y de lo que desea. Puede que ahora mismo nos encontremos en el momento histórico en el que más personas escriben, y puede también que sea la tecnología la que nos ha dado esta oportunidad de abrir ventanas al mundo. ¿Para qué abre la gente ventanas? Para que entre aire, me dirán rápidamente. Porque es necesario cuando el tiempo acompaña y los espacios interiores están cargados, después de fiestas o de lutos; porque hace calor y nos cuesta pensar o empezar algún movimiento que nos saque del letargo, o porque simplemente hay algo que no nos huele bien.

Para que escape algún bicho sin tener que matarlo, podrán opinar los ecologistas y los piadosos. En esa apertura fugaz dejamos que la criatura se vaya a otra parte -¿adónde irá?-, la ayudamos con nuestras manos o con algún objeto que no sea demasiado inoportuno y, justo después de que la manchita se pierda en el aire que hay al fondo, nos solemos sentir muy bien, como la persona que se detiene en el camino para sacarse un guijarro del zapato y prosigue su marcha con el gran alivio que supone haberse librado de una pequeña molestia.

Para llamar a alguien. A cada lado de una ventana siempre hay personas, sobre todo en la red y en los ojos de patio. Estas llamadas pueden tener multitud de objetos y duraciones, y también pueden ser o no ser respondidas o correspondidas. Uno simplemente abre la ventana y llama, pero lo que suceda a partir de ese momento es algo sobre lo que tiene un poder limitado, aunque sea la hora de comer. Si se trata de una urgencia nos ponemos completamente en manos de lo que haya fuera. En este último caso cuando estamos en red pensamos que cualquiera tiene que ser más rápido que los bomberos. No olvidemos esto, aunque estemos en un foro de bomberos.

Para contemplar el paisaje. Seguimos mirando hacia lo que hay fuera, para asegurarnos de que todo está como creemos que tiene que estar o buscar algo nuevo. Todos los paisajes encierran descubrimientos aunque los revisemos por años, supongo que por efecto de la necesaria monotonía. Paradójicamente, cuando abrimos una ventana a un paisaje que no conocemos lo primero que vemos es la postal y después de mucho mirar aparece lo cotidiano. Entonces nos sentimos como en casa y lo especial vuelve a ser lo que hay a nuestro lado de la ventana. Seguramente contemplamos el paisaje para acabar encontrándonos a nosotros mismos.

Para mostrar algo. De nuevo las personas. Personas que hacen algo y quieren que alguien las vea de un modo u otro. Aquí volvemos a entrar en el espacio de la incertidumbre, ganancia de espías, ruina de indecisos… En la red pasa que a veces abrimos ventanas que muestran cosas que no nos volverán a pertenecer jamás. El descuido puede ser fortuna o cadalso. También sucede que los que están fuera pueden quedarse esperando a que una ventana se abra. El poder sobre la ventana siempre lo tiene la persona que la abre, y justo después de abrirla, pierde un poco de él. Ojo con los ladrones, en cualquier caso.

Para qué escribir, entonces. Pues desde el punto de vista individualista para poder pensar de vez en cuando. Para hacer ejercicio y mantener la poca forma que precisamos para flotar en la tentación líquida nuestra de cada día. Quizás para que alguien bracee con más calma o aprenda a beber agua. Quizás para todo y para nada de lo anterior, incluido el pasado.

Así queda abierta esta ventana. Y como no puede ser de otra manera, salto.