Un mundo berruéquer

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El cerebro gusta de discurrir por los caminos que ya conoce, como las personas elegimos el restaurante que nos viene mejor en cada ocasión en función de distintos factores, o reproducimos coitos que nos sorprenderían al ser revisionados por capítulos en cualquier plataforma de pago. La consciencia es algo maravilloso, aunque tampoco tiene demasiado valor sin conciencia. A la inversa, es una buena configuración para caminar por el mundo bajo la amplia sombra que va desde el anacoretismo hasta el activismo social, con una multitud de manifestaciones que transcurren por toda la zona intermedia. Pero, definitivamente, cuando existe un equilibrio entre estas potencias con base cerebral nos volvemos personas terriblemente peligrosas. Y a las personas peligrosas, al contrario de lo que la mayoría de las personas opinan, no se les da publicidad.

La notoriedad mediática es el primer paso moderno hacia la domesticación, y nunca tuvo el principito más zorros disponibles y a menos favs de distancia. Esto, prescindiendo de aguafiestas, está muy bien. Porque el disfrute de estar solo continuamente es una virtud que no suele llegar pronto en la vida, y mientras tanto hay que hacer algo con todo ese tiempo que nos ahorra la tecnología. Las redes nos han traido nuevos modos maravillosos de poder vivir la soledad, porque han congelado el tiempo, el espacio y el desplazamiento físico. Así que se puede morir congelado con una sonrisa en el rostro sin tener que afrontar el gasto y las incomonidades que supone hacer el viaje a Nepal, y ascender por cualquier pico decente hasta abandonarnos al frío hieratismo.

El único mundo que compartimos todos es el planeta Tierra. Esto se manifiesta en nuestro ánimo a consecuencia de la alternancia entre equilibrios y desequilibrios entre las físicas y químicas que lo constituyen, a veces con nuestra participación, a veces sin ella y casi siempre sin nuestra consideración. Qué desagradecidos. Sin duda el planeta va cuidándose de no desatar ninguna hecatombe que nos pille desprevenidos, mientras que nosotros vamos por él como si la evolución nos debiera algo. Es un poco confuso, ciertamente. ¿No nos estará afectando también a nosotros el cambio climático? Quizás haya que preguntárselo a Greta Thunberg. Pero habrá que hacerlo rápido, porque cuando se enamore estaremos perdidos. Y según observé el otro día en una película descolgada por ahí, Bruce Willis ya está demasiado escanciado para salvar el mundo.

Afortunadamente, nos quedan muchos mundos más, contenidos en este mundo berruéquer cuya sociedad más avanzada en lo tecnometafísico puede que sea la japonesa: ningún país del mundo puede decir que está donde está y dos bombas atómicas le contemplan. Decididamente eso debe construir una perspectiva muy adecuada a nuestros tiempos sobre el sentido de la vida, la saturación de lo humano, y las nuevas posibilidades que ofrece existencialmente la tecnología. La magnitud del conflicto es, sencillamente, arrolladora. La nueva guerra mundial está en lo tecnológico, una guerra de velocidades de transimión de datos, capas y estratagemas, puertas traseras y datos robados antes de que llegue la señora de la casa.

Y al igual que sucedió con la bomba atómica, quienes estén más dispuestos a utilizar la tecnología para el control y la aniquilación del individuo en nombre del bien común, serán probablemente quienes se alcen con el dominio en el nuevo periodo que se abre. De momento, en este mundo berruéquer, los chinos tienen esa visión clara, con su equilibrio imbatible entre consciencia y conciencia. Veremos. Si la verruga nos deja. Y la Tierra, que siga a lo suyo.

Imagen: Mike Wyner (2018) CC BY NC 2.0

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Everything happens to Bale

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Alguien debería regalarle una trompeta a Gareth Bale, con algunas partituras básicas, y un poco de caballo camuflado entre los palos de golf. Y también una biografía de Chet Baker. Aunque solo fuera por tratar de verle hacer algo diferente a lo que hemos visto más seguido durante las últimas temporadas en las que, más allá de ver a un jugador con muchísimo talento para el fútbol vertical, lo que ha quedado más patente es que es un tipo sin suerte al que todo parece pasarle. Todo lo malo, claro. O por ser más precisos, todo lo regulero.

Siempre resulta triste ver cómo se malogran las personas bien dotadas. En el caso de Bale, la tristeza se atempera con una cierta rabia que siempre se encuentra al ver la luz que sale de las pupilas del galés. Una luz aplanada por la falta de constancia que tienen aquellos que se empeñan en despreciar sus posibilidades, desobedeciendo los principios de la Física. Una luz que es distinta cuando le ilumina desde atrás en carrera, permitiendo como mucho que le alcance el dorsal de su camiseta, para poder hacerlo visible a través de las pantallas.

Las mejores actuaciones de Bale quedarán ya para el recuerdo. Sombras sobre el pasto, carreras olímpicas, y triunfos europeos (al menos con el Real Madrid, que no con su selección). Un recuerdo que se aleja de cualquier tipo de malditismo o golfería beat. Porque ni siquiera el corte de mangas que hizo tras marcar en el Wanda en la última victoria clara de esta temporada -tan lejana que casi parece de la anterior-, pasó de ser una especie de espasmo, como cuando el agente de la benemérita mueve ese extraño palo fosforescente, tratando de comunicarse con uno en la distancia, para luego preguntarte: “Buenas noches, caballero. ¿Vendería usted a Bale?”.

Solo algunos periodistas, como Julián Ruiz, siguen buscando culpables y excusas para la inconsistente regularidad del jugador galés, después de una temporada en la que tuvo todo el espacio para poder reivindicarse, aunque no pudiera contar alrededor con músicos tan inspirados como los que tuvo John Coltrane en su quinteto legendario. Yo no espero mucho más de Bale, al menos en el Real Madrid actual. Pero quién sabe. Lo que no me gustaría es que acabara como Lee Morgan. Porque de blanco solo se juega una vez.

La turba

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… y entonces me di cuenta de que todos pensábamos lo mismo. Porque es igual de agradable descubrir una chispa de magia debajo de nuestras sábanas y volutas grises, que compartir con más de una persona esa lucidez momentánea en la que coinciden las miradas, los pensamientos y los hechos. Esa conexión nos otorga una fuerza imbatible, ya estemos embobados chillando un estribillo en un macroconcierto, o tratando de ametrallar a los extraviados mentales que se ocultan en aquella trinchera humeante que hay a la derecha de los arbustos descontrolados.

No podemos más que vivir o morir, y es una elección momentánea. Podemos pensar una cosa y la contraria, pero hay que hacerlo en distintos momentos para no acabar como el extremo derecho que quiere centrar y chutar al mismo tiempo y al final manda la bola a saque de puerta, que es el camino que hay justo en medio. El equilibrio que demuestra esta imagen es, precisamente, lo que nos mantiene vivos como especie, sobre todo cuando nos juntamos muchos para hacer algo en lo que hemos pensado; lo que no deja de ser una invitación al desequilibrio vestido de convencimiento. Tener convicciones es terriblemente peligroso, pero no nos damos cuenta de ello hasta que no nos descubrimos haciendo algo con ellas, tengamos o no permiso.

Detesto las multitudes. Apestan a razones temblorosas que necesitan ir dando saltitos de hombro en hombro, de cabeza en cabeza. Me asquean los tumultos que sonríen porque han visto una luz de incierta naturaleza. Una luz que no he visto ni podré ver nunca, una luz que se parece al brillo de lo ojos de un ñú aterrorizado que oliera a los leones entre las hierbas altas. La luz de una nueva iglesia cuyo templo está en la calle. Y con las iglesias, ya se sabe: promesas que se cumplen cuando ya estamos muertos.

Imagen: Jolly Crowd, de Ivan Tam (2008) CC BY NC 2.0

La narrativa es todo

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Cuando era guitarrista del montón y tocaba en grupos del montón hubo un tiempo en que coincidí con un cantante joven que tenía talento y buena voz. Era un chico delgaducho y entusiasta, pero supongo que tenía problemas de autoafirmación personal. Yo, que también era joven entonces aunque un poco más viejo que él, solía decirle muy convencido: “No le des más vueltas. Lo verdaderamente importante es que puedas decirle a cualquiera quién eres”. Ahora que lo recuerdo, entiendo por qué nunca llegamos a nada con aquella formación. Más allá de un puñado de canciones y de la actitud que éramos capaces de ponerle al directo de un modo u otro, lo esencial, la narrativa, no la teníamos. Lo pasábamos bien y eso nos bastaba. Pero para ir más allá en algo colectivo, hay que tener algo más.

En la escuela sucede algo similar. Podemos tener narrativa en nuestro ámbito personal, hacer que nuestras clases funcionen, que los chicos aprendan y que las familias y los compañeros aprecien nuestro trabajo. Podemos disfrutar con lo que hacemos, y hacer que durante un rato la parte del mundo y la existencia que está bajo nuestra responsabilidad merezca la pena para nosotros y las personas que nos acompañan. Pero si se trata de la escuela completa, podemos no ser más que un buen capítulo de un libro que igual es un tostón. En el otro sentido, también puede existir una escuela con una buena historia y con capítulos particulares más fofos, protagonizados por personajes grises, pasajes carentes de emoción, educación plana, propósitos reiterativos, estructuras antiguas que resisten el paso del tiempo… En definitiva, lugares comunes que hacen que la institución no se derrumbe y que un tipo de vida continue, al menos de puertas para adentro y, en cierto modo, de puertas para afuera.

¿Qué historia cuenta tu escuela? ¿Es comedia o es drama? ¿Es poética? ¿Está sobreactuada? ¿Es realidad o ficción? ¿Desde dónde está contada? ¿Quién o quiénes la cuentan? ¿Quién o quiénes la disfrutan? ¿Quién o quiénes se la creen? ¿Puede tu escuela decir quién es? Piensa en ello. Porque si tu escuela no tiene una narrativa, no irá nunca a ninguna parte (vamos, a ninguna parte a la que merezca la pena de verdad ir). Piensa, también, en tu narrativa personal y profesional, y en el encaje que tiene en la de la escuela en la que estás, tenga ésta o no su propia narrativa. Más que nada, para que el paso del tiempo no te sorprenda y acabes comprendiendo el porqué de la historia demasiado tarde.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2019) © Todos los derechos reservados

https://www.flickr.com/photos/99559810@N03/47617809742/in/album-72157677851876787/

Poéticas: pañuelos (IV)

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Pañuelos

Una viajera blanca

en la pantalla


una sonrisa obligada

de difusos bordes

una maleta involuntaria


Un reloj lleva dentro

y otro colgando

muñeca desconfiada

Camina sin tener claro

cuál de los dos

marca sus horas


Ojalá pudiera sangrar

para volver a pensar

limpia

que ese río rojo

llevara la podredumbre

al fondo de los océanos cálidos

que tanto ama


No importan nuestros deseos

ni nuestras sonrisas varadas

pero quiero que la marea

la joya del tiempo te devuelva

Imagen: Esponja no me toques, por jome jome (2008) CC BY NC ND 2.0

Marrones y círculos

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El círculo es, seguramente, la figura geométrica más traicionera. Cualquiera de los puntos que la componen puede hacer que su perfección salte por los aires en cualquier momento, y que todo lo que ha tardado uno en construir durante toda su vida explote como un globo descuidado en una fiesta de cumpleaños. La apariencia es una compañera tan fastidiosa como la opinión. Ambas se oponen a la libertad, pero a esa libertad que dibujara sobre los claroscuros Marlon Brando como el Coronel Kurtz en Apocalypse Now. Vivir es un marrón, sobre todo cuando estás postrado involuntariamente. Pero también lo es cuando la apariencia y la opinión nos abrazan hasta dejarnos irreconocibles.

Se pusieron de moda los círculos no hace mucho tiempo, en el muy teórico y poco práctico renacimiento de la política hecha por gente y para la gente. Es un engaño. Se puede hacer política para la gente, pero la política no puede hacerla la gente. La gente, cuando hace política, lo que acaba por hacer es lo que se ha hecho en Andalucía desde hace 40 años. Lo que a escala sucede en tantas y tantas partes que no nos atrevemos si quiera a imaginarlo. Porque las apariencias al final explotan. Porque el teatro está bien en el teatro, que una vez termina la obra te devuelve al mundo real. La apariencia te aparta en tal modo del mundo que, realmente, transfigura nuestra percepción sobre el mismo.

Sucede que a Mercedes García Paine, actual Delegada de Educación de la provincia de Málaga, le han hecho el truco del círculo, y se ha filtrado un vídeo que se adjetiva según el medio en el que se consulte la noticia. Hasta aquí todo normal, lo de la filtración, la variedad en el uso del vocabulario descriptivo, etc… Incluso normal lo de los que, dejándose llevar por la apariencia y la opinión, piden dimisiones… Gente tan intrascendente que desaparece hasta en Twitter, gente que también tiene derecho a poder, sobre todo, seguir comiendo bien. Sin embargo, lo que no me parece normal es que no se tenga claro que este marrón que dice la señora Paine que tiene la Junta de Andalucía, lo tenemos también todos y cada uno de los andaluces que llevamos 40 años dejándonos llevar tranquilamente por la apariencia y la opinión. Salvo que pretendamos aparecer en el libro que no llegó a publicar el coronel. Kurtz, claro.

Imagen: “Palacio Real I” Chema Muñoz Rosa © 2018

El tiempo en la escuela

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Me gustaría decir que el tiempo en la escuela es como lo que tardo en liar un cigarrillo y fumármelo. A veces más, a veces menos. Contemos con que tenemos todos los elementos, que puede ser mucho contar. Agarra uno la bolsa, saca el filtro, tira del papel… Lo mecánico -que es lo aprendido-, lo que se sabe hacer. El mechero, quizás en otra parte, aunque en horas de clase puede estar hasta en casa, que es donde mejor está, sobre todo cuando se lleva mucho tiempo fumando e intentando enseñar. Para fumar los intentos sólo rigen cuando te estás quitando, lo que sucede de vez en cuando. Pero el mechero es imprescindible. La chispa. La lumbre. La llama. El fuego que prende el tiempo. Algunos se queman. Es posible, y normalmente antes siempre se observa cómo van de aquí para allá echando humo. Menudas locomotoras. Si te quedas parado intentando comprender, te llevan por delante, por mucho que confíes en tus dotes y en las suyas. Porque hay trenes que pasan y trenes que van desde el principio a atropellarte. No hay que fiarse de las vías, fallan tanto como los programas de recuperación de los aprendizajes no adquiridos.

Un niño me pregunta que si fumo. Luego, casi siempre desde hace muchos años, que qué fumo. La respuesta es variable, fue variable y será variable. Un acto o su mancha, en cualquier parte genera preguntas que a veces son muy parecidas en muchas otras partes. Si se vendiera la curiosidad no debería sorprendernos que tuviera distintas calidades y precios. Esta pregunta sería la del Mercadona, seguramente. Y está bien que allí no vendan tabaco, porque si no de qué iban a vivir los estancos. Por eso las preguntas deben estar por todas partes, sin importar lo que puedan tardar en llegar, porque cuando las metemos en compartimentos parece que sólo tienen sentido allá dentro, de donde sabemos que podremos sacarlas el día del examen, como si fueran papel, picadura y filtros.

Van pasando los días, las semanas, los meses. A veces fumas más, a veces menos. En el cole nada de humos, salvo los de las locomotoras y algunos penachos extraños que surgen en ocasiones bajo las puertas cerradas. Llevamos los aparejos, los tanteamos para asegurarnos de que están allí donde pensamos que los habíamos dejado. Liamos un cigarro al salir -sin contar los metros-, y si ha pasado suficiente tiempo igual encontramos que ha merecido la pena. Porque ayer, un niño, consiguió una maceta con hierbabuena.

Fotografía de cabecera: Lugares… ©Chema Muñoz Rosa (2019)

Banderas intercambiables

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La aventura empresarial-teatral de Antonio Banderas en Málaga parece que llegó al fin a buen puerto, hecho no demasiado extraño teniendo en cuenta la cierta proximidad que hay entre el Palmeral de las Sorpresas y la calle donde se ubica el pronto irreconocible -al menos físicamente- Teatro Alameda. Barcelona queda un poco más lejos, en diversos planos, pero al menos puede decirse que se terminan meses y meses de vicisitudes, declaraciones, despechos, repechos y quién sabe si golpes de pecho en la pequeña china. Pero qué diablos, viva el capitalismo, coño.

Con todo, la ciudad de Málaga como ente turístico no puede más que estar de enhorabuena. Los amantes del tren, el barco y el entretenimiento, también deben de estar felicísimos. Aunque sin lugar a dudas la persona más feliz por el desenlace es el malagueño medio, siempre atento a que sus conciudadanos más pudientes puedan acabar saliéndose con la suya, máxime si es en nombre del arte. Suele decir Félix de Azúa que el arte ya ha hecho y dicho todo lo que tenía que hacer y decir. Por lo que es absolutamente legítimo que sirva para lo que ha quedado, que es amasar pasta. E insisto, para que quede bien patente: viva el capitalismo, coño.

Lo que queda un poco fuera de lugar es hablar de ruinas y romanticismo, porque entonces conseguimos el efecto contrario al que estamos buscando. Salvo que las ciudades, el arte, la cultura, la belleza y las banderas que vamos enarbolando a lo largo de nuestras vidas se estén pretendiendo hacer pasar por realidades que nada tienen que ver con el dinero. Que es precisamente lo que debe hacer que, todos juntos, gritemos hasta que se oiga en la subida a San Cristóbal: viva-el-capitalismo, coño.

Imagen: Lentini-Manfria Group_Phlyax scene: a master and his slave. Side A from a Silician red-figured calyx-krater, ca. 350 BC–340 BC_ Louvre Museum (Paris)_© Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons CC BY 3.0

Poéticas: la violencia (III)

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Irreductible me creí

hasta que mis desnudeces

sajó el matarife.

Pétreo mi rostro quedó,

sus ojos nadando en súplicas

y el temblor del soldado tonto

que siempre muere

en las películas.

Porque es tendencia respetable,

dialogante y perspicaz;

porque las guerras son transparentes

un meme es la violencia.

Para poder desaparecer

muéstrate haciendo palanca,

con gestitos y palabras,

y muere en el nombre gritado

de cualquier gilipollez.


Infinito y sideral fui,

en el regazo de mi dios.

Una sonrisa nublada,

sobre la sangre el altar.

Algo se detiene

para que continue el cortejo

¡Ah, gloriosos caídos,

cómo os gustaba matar!

Porque es tendencia respetable,

en guerrero y charlatán:

su vestido es un artificio,

la desnudez su verdad.

Pasarás a la historia, hermano,

de muralla inculta quizás,

muriendo mientras esperas

que los necios algo consigan

legislando sobre utopías.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2018) CC BY-NC-ND 2.0

Poéticas: secretismo (II)

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Ella no podía saberlo,

no había señales para ello

ni en la tierra ni en el cielo,

y aun así asomó su mundo

al que nada pude ofrecer

como incauto complemento.


Ella no podía saberlo,

todavía no existían

ni imágenes ni palabras,

y derramó sobre mí

su nudo giratorio,

inasible línea al filo

de un abismo de sábanas.


Por eso cayeron los muros

de su recta estratagema,

porque cuando ella miraba

divertida mi impaciencia

salté confiado al vacío

coronando su extrañeza.


Luego todo fue amor,

dicen.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2018) © Todos los derechos reservados

Elementos imprescindibles

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La amplitud y variedad de reflexiones que generamos en las redes alrededor de la educación a veces no sirven más que para levantar barricadas, determinar oponentes y señalar vigas en todas partes. O para hacer visibles casos concretos, buenas prácticas, teorizar, citar estudios que apuntalan nuestro punto de vista… y levantar barricadas, determinar oponentes y señalar vigas en todas partes.

Hoy propondremos un ejercicio sencillo, y luego ya nos podremos dedicar a emprender obras arquitectónicas argumentativas que nos permitan encerrarnos bien y tirar la llave por el retrete. La propuesta consiste, simplemente, en tratar de reflexionar un momento sobre cuál es nuestro papel en el centro educativo en el que prestamos nuestros servicios, para después determinar en qué grado consideramos que somos un elemento imprescindible para nuestra comunidad educativa.

Con un poco de tiempo que dediquemos a este intento de análisis, seguramente surgirán un buen montón de preguntas que necesitarán respuestas concretas. ¿Qué es lo que aportamos? ¿En qué ámbitos y espacios? ¿Qué evidencias hay de ello? ¿Cuál es nuestro peso específico dentro de la estructura y el proyecto de nuestro centro educativo? ¿A qué contribuimos, dónde y con quién? ¿Qué impacto efectivo tendría nuestra desaparición en el centro educativo sobre el proyecto que allí se desarrolla?

Además: ¿quién lo dice, señala, manifiesta, comunica, agradece, destaca, o hace sentir? ¿Quién lo critica, complementa, rediseña, apoya, defiende, reconoce, o hace crecer? ¿Quién lo censura, desconoce, ignora, calumnia, dificulta, o deja correr? ¿Dónde comienzan, respectivamente, lo objetivo, lo subjetivo y lo intersubjetivo en una reflexión de este tipo?

Cuando te canses de mirarte a ti mismo, mira a los demás. Y cuando te canses de mirar a los demás, mírate a ti mismo. Por el camino aparecerán los elementos imprescindibles. También en tu escuela.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2013) CC BY NC ND 2.0

Poéticas: el confín (I)

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Vuélvese el hombre hacia sus mitos,

amanerado y medroso astracán,

vomita quedo su decepción

al encontrar imperfecta

la misma carne de siempre

vestida de esputos  y bajeza.

La mortalidad al fin abandona

el patrimonio de los vampiros,

soldados de guerras cotidianas,

desbordados de experiencia

y especialidades muertas

se recuerdan mutuamente

el deber de morir

con dignidad.

Y tanto nos apena vuestra marcha

que levantamos tótems e idearios,

porque vuestra plana ausencia

en tal modo nos castiga

que llenos de orgullo y prejuicio

sacudimos nerviosas las manos

sobando líneas de tiempo

hasta alcanzar el orgasmo.

No nos hacen ya falta más orates,

ni más oscuros augurios se precisan.

Consumados en la hecatumba

Y esculpida la cotidiana bosta

ni siquiera somos capaces

de admirar nuestra sepultura…

¿adónde marchará lo bueno

siempre cubierto de pústulas?

Vuélvese el hombre turbado,

falaz hacia su parentela,

reconoce unos cuerpos extraños,

frentes trianguladas

y chorreantes mareas…

Qué pueda quedar  ya

por aniquilar

entre los bausanes erectos

que se dan matarile en silencio…

Hasta Bruto nos envidia

desde el fondo del averno.

Muros mediáticos

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¿Os acordáis del Monsters of Rock? ¿De esas pilas de pantallas de amplificadores Marshall, esas marabuntas de peludos y peludas acudiendo a la liturgia del rock y el heavy metal? Seguramente se trataba de una forma de hacer la guerra, una forma de conectar a las masas con su más básica razón de ser. La representación sonora del progreso a base de guitarrazos y alaridos. Una forma de vivir y disfrutar que, más que desaparecer, se ha transfigurado. Desde ese muro de sonido y poco más (quizás la hombría rockera, los escrotos esculpidos en los vaqueros y los pantalones de cuero… una estética candidata hoy día a agravante políticamente incorrecto para cualquier juzgado de guardia), hemos pasado ahora a alimentar la amígdala y los jugos gástricos con el muro mediático, y todos y cada uno de nosotros aportamos nuestro amplificador -más o menos potente- para la construcción de esa amalgama de ruido social que no hay espectrómetro que resista. La libertad mediante las cookies.

El latín, como el rock, también ha pasado de moda, lo que provoca un alejamiento del conocimiento de la lengua y una nueva forma de construir y comunicar el pensamiento. Ahora Bruto lleva pendientes en la lengua y en los pezones, aunque no sepa conectar un Big Muff a una BC Rich (y mucho menos conectar ésta a un 4×12). ¿Qué es esto? Nada más que un ejercicio de declinismo. La realidad no pasa de ser un estorbo para llegar más allá, bastante bien soslayable por el mensaje y la manipulación. El que envejece es pesimista, la juventud puede suicidarse por amor y desamor (hay mucho que investigar ahí, subvencionemos). Pero aceptemos al menos lo siguiente: dentro de la ineficiencia de la naturaleza, el ser humano es lo más eficiente (en la creación y en la destrucción), luego no debería sorprendernos que la tecnología y los algoritmos puedan superar con creces esta eficiencia nuestra, dentro de la ineficiencia sistematizada que provoca la coexistencia del orden y el caos. ¿Qué es lo que queremos, mientras nos decidimos a dar el salto? Un ampli. Y cuanto más gordo sea, mejor.

Después de la caída del Muro de Berlín, había mucho que ganar poniendo rumbo hacia el este. Hoy, con la aparente desaparición de límites y fronteras que trajo internet, hay mucho más que ganar que en ningún otro momento de la historia, y la información, su control y su difusión se han convertido en la mejor y más barata manera de hacerlo (nada hay más barato que la deuda Voyager, la inversión a fondo perdido en la posibilidad). Para ello, basta con producir una tormenta sónica continua, hacer que el silencio se nos vuelva insoportable. ¿Para qué mira uno 150 veces al día su fono? Para ver si ha pasado algo. Y es una putada, pero nunca sale que vuelve el Monsters of Rock.

Imagen: Jaakonam, (2008) 3 x 6 stack of Marshall guitar cabinets (the setup of Jeff Hanneman from Slayer) on the Tuska open air metal festival main stage in 2008. CC BY SA 3.0

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Una biblioteca

Granja Escuela... (VII)

De vez en cuando nos asalta la lucidez y rescatamos pequeños hábitos que nos hacen la vida más placentera. Volver a sacarse el carnet de la Red de Bibliotecas Públicas de Andalucía le reconcilia a uno con la lectura, los libros, los espacios y las personas que se encargan de gestionarlos. Y por fuerza natural, ese acto de ir a alguna parte también le hace a uno viajar hacia dentro y recuperar sensaciones olvidadas, tactos, olores, comportamientos y momentos. Porque el acto de leer es precisamente eso, saber quiénes somos en distintos momentos.

Ir a una biblioteca puede hacer tanto por nosotros… Una bonita sorpresa, un sitio donde se prestan y regalan universos y silencios para llevar. En el camino te puedes encontrar tantas claves, señales y códigos de pertenencia al mundo como cuando paseas la mirada sobre los lomos de tantos y tan diferentes caballos repletos de letras que prometen llevarte a lugares insospechados. Pueden haber pasado muchos años o pocos, pero allí siguen, vívidos, como perros inmortales dispuestos a darte mucho a cambio de muy poco, los libros.

Me gusta la biblioteca de mi barrio. Me gusta su espacio. Me gustan sus bibliotecarios. Porque te vuelven a recordar cómo se habla bajito y empleando las palabras justas. La cremallera de la mochila es aquí un sobresalto. Tan sólo hay un puñadito de normas que cabrían holgadamente en el asteroide del Principito. El resto puede que sea la libertad más olvidada del mundo actual. Puedes estar en el mundo o huir del mundo. Puedes vivir o puedes morir. Pero cuando lees, estás tan cerca de ti mismo, del mundo y de la libertad que te da hasta reparo por parecerte que estuvieras en otra parte.

Nunca he dejado ni dejaré de leer. Pero desde que he vuelto a estar en una biblioteca, recuerdo más a menudo que soy libre.

Imagen: Chema Muñoz Rosa (2018) ©Todos los derechos reservados